Se estrenó a las 22h00 del martes Amores que matan. La nueva teleserie de Ecuavisa tiene enormes defectos, pero una gran virtud que la salva: un humor que se fundamenta sobre todo en el sentido de lo ridículo. Quiero pensar que es intencional, por lo menos en las entrevistas promocionales previas los productores rescataban el sentido de humor de la serie. Y tienen razón.
El elemento humorístico hace que se les perdonen los incendios de cartón piedra e incluso ofrece la posibilidad de una nueva lectura a la sobreactuación de un personaje central como Wagner, el dueño del periódico. El primer capítulo de la serie, además, tuvo el peso de un Carlos Valencia correcto. De Flor María Palomeque, no se puede decir mucho… Probablemente, su personaje sea el más forzado y el romance que se avecina con el argentino de turno no promete mayor cosa. Lo bueno es que –por lo menos en el primer capítulo– no pesó mucho.
Por supuesto, existen errores de producción enormes: un periódico cuya planta parece la sede de una boutique, sin una sola computadora, sin la más mínima apariencia de que exista una sala de redacción y/o diseño… En todo caso y pese a que Amores que matan no es una serie para exquisitos o digna de HBO (ni mucho menos), marca un crecimiento sustancial en la producción de melodramas por parte de la industria televisiva ecuatoriana y puede entrar a competir con toda dignidad en los mercados televisivos latinoamericanos.
Mejor no lo promocionen
Pero en todo esto hay una cosa que llama la atención: la campaña previa de promoción de la telenovela no explotó para nada las particularidades y virtudes de la serie. Parece ser que las personas que elaboran las piezas promocionales en los distintos canales de TV simplemente están cumpliendo un trabajo rutinario, poco creativo, en el cual aplican una fórmula que piensan exitosa y… pare de contar.
La fórmula casi siempre es la siguiente: “a más centímetros de piel que se muestren, mejor”. Imágenes que siempre estarán acompañadas por textos donde se hable de lo “candente” y/o lo “atrevida” de tal o cual serie. En fin, la única intención es incitar los instintos más primarios del televidente como el recurso que los mueva a ver la televisión. Y eso significa olvidar que se está ante personas que tienen capacidades mentales y todo un mundo emocional.
Con la mente puesta en lo más primario, al televidente se le ofrece un menú que igual puede contener grasientas hamburguesas visuales o un plato decentemente servido.
Lo malo es que eso implica que algunos esfuerzos de producción se maltraten y finalmente puedan perderse. En el caso de Amores que matan, las imágenes previas eran cuerpos semidesnudos, gritos, escenas de violencia y algún suspiro de amor. Es decir, nada que marcara diferencias con los mediocres productos de siempre.