Según parientes de emigrantes en Chunchi, estos salen por la casi nula utilidad que dejan los sembríos.
“¿Por qué te fuiste sin avisar. Por qué te fuiste sin conversar? La carita quiero ver de mi guagüito...”, evoca con un tono melancólico fúnebre Angelita Guamán a su hijo Ricardo Tamay, de 30 años, fallecido el lunes pasado cuando la lancha en la que viabaja con otros compañeros en la ruta hacia EE.UU. naufragó frente a las costas de Nicaragua.
A la frágil figura de la mujer de rostro arrugado y ojos marchitos por el sufrimiento y noches sin dormir, le resultó difícil soportar el dolor y su corazón que ya le causó problemas casi dejó de latir al conocer el deceso de Ricardo.
En Bacún, 13 kilómetros al norte de la cabecera cantonal de Chunchi, la ausencia del ser querido se hace más grande entre las reducidas paredes de la vieja casa de adobe, donde Angelita vive con su esposo Manuel y Nancy, de 4 años, la última de los tres hijos del migrante fallecido.
Una estrecha vía de tierra rara vez transitada por vehículos permite llegar sector tras recorrer quince minutos por un sendero lleno de polvo.
Precisamente a este lugar, donde se vive del cultivo de la cebada y el melloco, y la cría de chanchos y gallinas, Ricardo llegó una semana antes de aventurarse a la travesía que le costó la vida.
Sus padres recuerdan con lágrimas ese momento. “Cargado unas compritas y una botella de traguito llegó mi hijito como para despedirse. Unos diez o veinte dolarcitos, zapatitos o ropita no nos hacía faltar. Mi maridito era”, expresa con ese tono melancólico que entristece el ambiente.
Hace un año Ricardo dejó su vivienda en el cerro para vivir con su esposa y sus tres hijos en Riobamba en busca de una mejor educación y futuro.
El campo no daba para vivir. Por un quintal de cebada, que se produce en seis meses, pagan 6 dólares, con los gastos en abonos, fumigaciones, la trilladora y el transporte no queda nada. “Por eso se fue y por la educación de sus hijos. Aquí la escuela más cercana está a una hora de camino y es muy mala”, cuenta la progenitora.
Ricardo era uno de los tres hijos que procrearon Angelita y Manuel. Floresmilo, el mayor, era el único que emigró hace cinco años a EE.UU.
En Riobamba las cosas no resultaron como esperaba la familia. Ricardo trabajaba en lo que podía, arrendó un cuarto y al poco tiempo el dinero empezó a faltar para pagar el alquiler y cubrir los gastos. A ello se sumó la preocupación por solventar los gastos del parto de su esposa, Cristina, quien espera a su cuarto hijo.
La familia solo sabe que la víctima salió un 26 de agosto desde Riobamba. “No se sabe cuánto pagó, ni se conoce al coyote”, dice Elvira Guamán.
Se desconoce si una pequeña vivienda construida cerca a la casa de sus padres fue hipotecada para cubrir el costo del viaje, comenta Rogelio Auqui, un amigo, quien reside en Toctezinín, una comunidad más cercana a la cabecera cantonal, marcada por la emigración a España, Italia y EE.UU.
Rogelio, padre de ocho hijos, de los cuales cuatro residen con sus familias en Murcia, España, hace 4 años, lamenta la muerte de su vecino Ricardo.
En esta comuna de 400 habitantes, más de cien emigraron en los últimos cuatro años.
“La gente no deja de salir, a España no mucho por la visa, pero a EE.UU. es todas las semanas, aunque sepan que no lo van a conseguir porque mueren o desaparecen”, señala Rogelio, mientras cuenta que su sobrino Celso Lema Auqui, de 18 años, salió el 10 de agosto pasado hacia EE.UU. y nunca se supo más.
Rogelio llora. Piensa que talvez estuvo en el barco que naufragó con 94 ecuatorianos el pasado 13 de agosto.
Mientras, Angelita se consuela y acota que al menos ella podrá tener el cuerpo de su hijo para darle el último adiós y sepultarlo en su tierra.