martes 04 de octubre del 2005 Columnistas

El encanto de contar

La literatura lo usa en dos de sus manifestaciones más conocidas: la novela y el cuento, pero no ha sido la única y tampoco la primera en ese uso, sino que lo fueron la teogonía, la filosofía y la historia.

De algún modo se comprende un hecho que hoy, sin embargo, lo podemos vincular exclusiva y excluyentemente con lo literario, aun cuando el cine y algún tipo de programas de televisión, ya que en menor medida el teatro, acuden a él para sus fines es pecíficos.

La poesía, en efecto, no es narrativa salvo cuando está al servicio de algún propósito distinto al de su correspondencia, como sucedió con Dante, ese poeta que, al decir de Eliot, es el único de quien aun se podría decir alguna cosa.

Sin demora debo señalar que la relectura de las historias cortas de Singer, y sin duda de las de Onetti, sigue siendo, para mí, una aventura de múltiples direcciones por los universos peculiares y personales que encierran. Pero, en verdad, lo que está en juego es el poder evocador y sugeridor de la palabra escrita según el uso que le dan esos autores.

¿Por qué estos recuerdos y pensamientos? Por una razón concreta. Porque quiero saldar una deuda conmigo mismo y que no es otra que referirme a La luna nómada, Paradiso editores, 2004, de Leonardo Valencia.

El autor publicó la primera versión de este libro hace diez años atrás, antes de su novela El desterrado, que fue lo que conocí primero y que comenté en su momento. Tenía cierta curiosidad por La luna..., menos porque tenga inclinación hacia el cuento y más porque la novela reflejaba una madurez de escritura que, sin duda, tenía antecedentes en las narraciones cortas.

Como en las narraciones borgeanas, el mundo –cierta parte del mundo para Valencia– es el espacio escenario para sus historias, y, claro está, para esos seres que son sus personajes. De hecho, estos personajes son seres extrapatria en el sentido en que perteneciéndose a un país en concreto, esta vinculación no es un ancla de su realidad, o algo por el estilo, sino que constituye un dato, un referente para mejor conocer ciertas posturas suyas, ciertas actitudes que les pertenecen o modos de permanecer en un tiempo dado.

A Valencia le interesa contar, decir, porque a través de eso puede erigir esas situaciones y acciones que conforman el universo propio del personaje, espacio en que este personaje respira con la libertad que a veces no posee el ser vivo. Al personaje lo construye con esmeros diversos, con delectación en algún caso, con amor que le permite descubrirle virtudes y defectos, razones de amistad o de alejamientos. De ahí algunos breves, pero certeros rasgos para describirlo y presentarlo.

Cediendo, sin duda, a la atracción de alguno de sus escritores favoritos, Valencia se inclina ya por el contar misterioso, ya por retratar mundos cerrados en que cierta melancolía es un respiradero natural para el personaje. Añade, en alguna de estas narraciones, ciertos toques de humor, de ironía, de sosegada crítica a la realidad que advierte. Pero, sobre todo, hay un emotivo amor por la palabra, por una escritura que sin cesar lo retrata mejor que una fotografía.

La luna nómada es un buen libro que invita a ser leído y que se abre con un singular homenaje a Lezama Lima.

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