En su última obra, ‘Soy Charlotte Simons’, Tom Wolfe se obsesiona en desnudar, como todo un sociólogo, lo que está más allá de las apariencias exitosas y moralistas norteamericanas.
Tom Wolfe sigue fiel al estilo periodístico, pero quizás no tiene, en su última novela, Soy Charlotte Simons, la fuerza particular y violenta que alcanzara en la obra que le consagró como novelista en los años 1980: La hoguera de las vanidades.
Tampoco el escenario es Nueva York, que ya había abandonado para su obra anterior traducida como Todo un hombre, y de la que partió con una venta de más de un millón de ejemplares.
Soy Charlotte Simons comienza en una aldea de Carolina del Norte y culmina en la Universidad de Dupont. La historia: una joven exitosa en sus estudios en el pequeño y rural condado de Alleghany, que alcanza el privilegio de una beca en la exclusiva universidad de Dupont. En la sombra de la historia: la obsesiva tarea de Wolfe de desnudar, como todo un sociólogo como se autocalifica, lo que está más allá de las apariencias exitosas y moralistas norteamericanas. Solamente que en esta novela abundan las concesiones.
Desde el primer momento se evidencia la sordidez que se oculta tras la disciplina y la pureza de la universidad de élite. El preámbulo es la escena de un catedrático “cometiendo” sexo con una alumna en la oscuridad de un parque. A renglón seguido, la clásica imagen del colegio puritano y rural de Carolina del Norte, con el relato de la graduación y del elogio público exaltando a la triunfadora: Charlotte.
A partir de allí, y luego que unos padres campesinos, entre alelados y temerosos, dejan a su hija en la universidad, toda la novela es una historia de relaciones equívocas, sórdidas, con una dosis de sentimientos racistas y un hilo conductor: el básquetbol y los sueños de uno de los protagonistas de llegar a la NBA.
Wolfe parecería querer desenvolver la historia moral de una Charlotte Simons saliendo a flote entre los meandros de una vida estudiantil, en la que los hechos, aparentemente oscuros, ocurren a la luz del día, y los estudiantes comienzan los juegos eróticos puestos el corbatín de pajarita y el esmoquin, para acabar haciendo el amor en el piso de algún vestidor de deportes.
Pero esta vez el periodista implacable, el Tom Wolfe (que al contrario de lo que dicta la facha propia de su oficio, desordenado y sudoroso, lleva décadas vistiendo como un dandy del sur norteamericano, íntegramente de blanco) parece conmoverse de la protagonista y le busca, algo que, en cierta forma, puede parecerse a un final rosa, luego de cerca de novecientas páginas de una escritura versátil –y al mismo tiempo simple y funcional a lo que cuenta–.
Si bien tampoco en esta ocasión Tom Wolfe le permite en ningún momento al lector caer en la ilusión de una Norteamérica pudorosa, triunfalista y moral, próxima a la perfección, una luz aparece en el fondo del corredor oscuro de Dupont. Y la portadora de la luz se llama la campesina Charlotte Simons… Un poco como el propio Wolfe, hijo de un granjero de Virginia.
Resulta difícil imaginarse que Tom Wolfe no haga sorna de sí mismo, cuando afirma que desde pequeño “le daba las gracias a Dios por haber nacido en Estados Unidos, el mejor país de la tierra. Y en Virginia, que era sin duda el mejor estado porque ha dado más presidentes que cualquier otro. Estaba en la mejor ciudad, en el mejor estado, en el mejor país, y pensaba que no podía ser más feliz de lo que ya era. Y eso que estábamos en plena Depresión...”. Resulta difícil por el tono con el que este partidario de Ronald Reagan y de Bush padre habla con la crudeza que lo hace, de la corrupción de las élites norteamericanas.
Wolfe pasó los primeros años de su oficio de escritor entre el Washington Post y el New York Herald. Sigue todavía sintiéndose reportero y considera al reportaje un género que dejó atrás a la novela.
Luego de ser en los años 1960 el padre del “nuevo periodismo” con un estilo ágil, desprejuiciado, colorido, Wolfe publicó una serie de obras entre el ensayo y el reportaje.
Su primera novela fue La hoguera de las vanidades (1987), una historia en la que un hecho fortuito destapa un universo de corrupciones en el corazón financiero del mundo: Nueva York.
“La hoguera de las vanidades fue publicada por capítulos en la conocida revista Rolling Stone, en la mejor tradición de las novelas por entrega de fines del siglo XIX, para convertirse, luego, en uno de los mayores éxitos de la literatura contemporánea norteamericana de las últimas décadas.
Once años más tarde publica Todo un hombre (1998); y dos años después Hooking up (2000), compuesta de ensayos e historias cortas.
La tercera y última novela es Soy Charlotte Simmons (2004), vertida al español en mayo del 2005.