Viernes 16 de septiembre del 2005 La caja

El poder político vs. el poder televisivo

Antes de salir para Miami, el líder socialcristiano León Febres-Cordero ofreció sus habituales declaraciones aeroportuarias. Los prestos reporteros dieron cuenta de las acusaciones en contra de algunos medios de comunicación y periodistas de tratar de desestabilizar el país con “quién  sabe qué propósitos” y les arengó a los reporteros: “Piensen, si se mantiene la inestabilidad, este país se va a la punta de un cuerno”.

El pronunciamiento del veterano político se sumó a las sucesivas acusaciones de funcionarios del Gobierno y de políticos de diverso signo en contra de la ligereza con la cual actuaron algunos medios y periodistas televisivos en casos como el de las firmas presidenciales falsificadas.

Siempre que el poder político lanza dardos contra la prensa, el asunto se vuelve color de hormiga. Aun si las críticas y acusaciones tienen condumio,  en las bocas de quienes ejercen la política adquieren el mal sabor de las presiones indebidas e incluso de censura sobre la actividad periodística. Y no es que el periodismo (en este caso televisivo) pueda actuar con impunidad, pero su rendición de cuentas debe ser ante los ciudadanos, no ante quienes regentan el poder.

Por eso lo que sucedió el miércoles, la orden del Presidente del Congreso de impedir el ingreso de Félix Narváez al Parlamento es un abuso de poder inadmisible.  Pero tampoco es cuestión de minimizar la ligereza periodística. Hay errores y errores. El de Narváez en contra de Wilfredo Lucero tenía los agravantes de un tono malicioso y una acusación sin sustento.

Por más que hayan existido disculpas y rectificaciones; el asunto era de tal gravedad que era previsible que el ambiente para las coberturas parlamentarias del periodista iba a enrarecerse. Si el canal quería proteger a su reportero y al mismo tiempo actuar con cierta sensibilidad hubiera destinado a Narváez a otras fuentes, por lo menos durante un tiempo. Mantenerlo en el Congreso era decir: “Aquí no pasó nada”,  y eso tampoco es cierto.

La confusión de papeles
En las diversas emisiones de los noticieros de Ecuavisa se rechazó la acción del Presidente del Congreso (lo cual es justo y necesario) y  defendió la trayectoria honesta de Félix Narváez, lo cual no está en entredicho. El debate en este momento debe ampliarse para abarcar temas de fondo: ¿Hasta cuándo se va a soportar que en el periodismo televisivo se mezclen las opiniones personales de los reporteros con la información pura y dura sobre los hechos? ¿Es legítimo que un periodista reniegue de la objetividad y actúe de acuerdo a sus prejuicios?

Todo lo cual nos conduce a un punto fundamental ¿es válido que el periodismo se erija en un poder que compite con el poder político y viceversa? Porque en este momento tenemos una mezcla de espanto: presentadores, comentaristas, entrevistadores y reporteros de televisión  que actúan como apasionados militantes populistas,  y líderes políticos que hacen su trabajo como si se tratara de presentadores de televisión en busca de mayor sintonía.

Al respecto, en un informe del 2004 del PNUD llamado “La democracia en América Latina” se hace un diagnóstico inquietante:  “El periodismo está cambiando al ritmo y en la dirección que le señalan los hechos políticos de nuestros países: una clase política de la que se desconfía; gobiernos sin gobernabilidad; poderes económicos agresivos y la evidencia de que los medios son el segundo mayor poder en América Latina, después del económico”.

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