Durante casi dos semanas, José Velásquez fue el hombre que puso al país en vilo por otro escándalo que afectó al entorno presidencial, como lo describió Milton Pérez, de Teleamazonas, quien ahora está tras sus pasos.
Claro que el periodismo televisivo descubrió muy tarde –y cuando el poder político le haló las orejas (declaraciones de Luis Herrería y Cecilia Palacio)– que sustentar el asunto de la falsificación de firmas presidenciales en las declaraciones de un testigo muy dudoso había sido una ligereza imperdonable.
En este caso, por lo menos Teleamazonas asumió el reto de dar retro e investigar al testigo. Lo que sale hasta hoy, deja muchas cosas en el aire. Por su parte, los informativos de Ecuavisa miran para otro lado, cuando fue en ese canal que Velásquez se catapultó a la escena nacional.
Lo verdaderamente doloroso de este caso es que no sabremos si realmente existen mafias que venden y compran cargos públicos y que incluso recurren a la falsificación de las firmas presidenciales; los presuntos implicados ya estarán agarrados de la ligereza periodística para desacreditar las denuncias.
Porque no es que ahora se investigue a fondo el tema; simplemente, después de haber destapado el escándalo, ahora nos cuentan una telenovela que protagonizan dos actores de segunda fila: Fausto Bravo (quien en las entrevistas con Bernardo Abad y Carlos Vera, no ha sabido explicar convincentemente el oscuro episodio de su paso al Perú) y Gustavo Pacheco.
La palmera y los 4.000 dólares que no fueron
La ligereza parece ser el signo del periodismo audiovisual. En TC se dice que “la prioridad de la nueva Embajadora de los E.U.A. será el caso Occidental”; en realidad sus declaraciones fueron bastante más diplomáticas y no dijo “prioridad”: “Occidental es la mayor inversionista en el Ecuador… por eso creo que es importante para el país que el Gobierno y la compañía negocien y arreglen sus diferencias”. Que un analista y/o comentarista saque de ahí sus conclusiones, perfecto. Pero, ¿camuflar interpretaciones como parte de la información? Este es un pequeño caso de las cotidianas faltas, pero hay otros mayores.
Lo que sucedió con el presidente del Congreso, por ejemplo. Félix Narváez se burló con verdadera “mala leche” del nuevo “look” de Wilfrido Lucero. Estilo “tropical” y/o “palmera” lo llamó, y por último dijo olímpicamente que había utilizado 4.000 dólares del presupuesto parlamentario para financiar la renovación de imagen.
Bueno, al día siguiente, medio oculto hacia el final de Televistazo, se contó la verdad: Lucero está sometido a quimioterapia por lo cual había perdido su cabello, el implante lo financió con dinero de su bolsillo… Si no hubiera sido por el trato dado a Velásquez y las firmas presidenciales falsificadas, Félix Narváez estaría nominado a la “Mayor ligereza del 2005”.
Porque la combinación entre ligereza, “mala leche” y “pre-juicios” es fatal… Parafraseando al español Arcadi Espada: “¿Puede cualquier periodismo y cualquier país soportar algo así?”.