- AGO. 21, 2005 - Foto - Letras y Notas - EL UNIVERSO
Se inició en la literatura con un libro de cuentos y se convirtió en uno de los mayores novelistas de Argentina. Juan José Saer falleció el pasado 13 de junio sin poder concluir ‘La grande’, su última novela.
Se quedó a cuarenta páginas de terminar su última novela, La grande. De ese modo, subrayando la pasión por la escritura hasta el final, relata una nota de prensa la muerte de Juan José Saer, ocurrida hace dos meses, el 13 de junio. Saer fue considerado, con Ernesto Sábato, el mayor novelista vivo de Argentina. “Estaba soleado y veraniego París cuando llegó la noticia”, continúa la crónica de prensa.
Saer se había instalado definitivamente en París en 1967 para, desde allí, construir una zaga de una decena de novelas sobre sus “pagos” argentinos. Memoria y lenguaje fueron su material, y como si no hubiese salido nunca de su natal Santa Fe. La patria de un escritor no es sino la infancia y la lengua, afirmó el novelista en alguna ocasión; y en uno de sus escasos poemas escribe “Cada uno crea/ de las astillas que recibe/ la lengua a su manera/ con las reglas de su pasión”.
La infancia personal convertida en memoria se desenvuelve en las páginas de sus novelas sin apuros, incluso con dudas, con incertidumbres, fragmentada, deteniéndose en detalles insignificantes pero que nos permiten establecer una relación emocionante con el pasado. “Escribir –apunta Saer– es sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen”. Y esa vuelta hacia su infancia se convierte, casi, en un volver a inventar el mundo. Así comienza una de sus obras más rigurosas y estéticas: “No hay, al principio, nada. Nada. El río liso, dorado, sin una sola arruga, y detrás, baja, polvorienta, en pleno sol, su barranca cayendo suave, medio comida por el agua, la isla”. Parecería que en esta primera página de Nada nadie nunca, Juan José Saer estuviese narrando el primer día de la creación del mundo. “Solo tenemos lenguaje y el lenguaje es la única referencia que tenemos porque es lo único que nosotros hemos creado, es un instrumento que hemos creado para nombrar al mundo, para manejarnos dentro del mundo, todo es lenguaje, fuera del lenguaje no hay mundo para mí”, sostenía el autor, en declaraciones a Horacio González. Y el diario español El País recordaba, con ocasión de la muerte de Saer, aquella definición que diera el francés Gilles Deleuze sobre la novela, como la historia “del pueblo que falta”. Juan José Saer puede ser emparentado con el nouveau roman francés, por el modo moroso y persistente de detenerse en todos los meandros de las situaciones narradas, y haber convertido en personajes a los lugares y los objetos. No en vano Nathalie Sarraute era una de sus autoras preferidas. En Cicatrices, por ejemplo, este novelista se detendrá durante los largos párrafos iniciales, sin consideraciones superficiales sobre la paciencia del lector, en una carambola de billar, para a través de ella abrir un largo relato interior en primera persona. En palabras de la crítica Agnieszka Bárbara Flisek, “las narraciones saerianas –siempre capaces de generar nuevas historias, conformando una suerte de “novela total”– parecen así erigirse sobre la base de puros recuerdos que los personajes convocan”. Y agrega Flisek: “No demandemos a los cuentos y las novelas de Saer aventuras bellas e interesantes con las que evadirnos de la rutina cotidiana. La suya no es una literatura de diversión conforme a las expectativas del mercado, sino una escritura fuertemente comprometida con su propia búsqueda formal y entendida, en la más pura tradición de Macedonio Fernández, como una función de pensamiento”. Y esta opción significa para Saer tomar distancia en su obra y en sus reflexiones, del mercado del libro, un mercado al que condenó en varias declaraciones, como el responsable de que se produzcan este momento muy pocas obras literarias cuya vigencia supere una lectura de verano o una feria de libro convertida en espectáculo. Saer, que nació en Santa Fe en junio de 1937, se inició con un libro de cuentos, En la zona (1960), género al que volvería en 1965 con Palo y hueso, en 1967 con La unidad de lugar y en 1976 con La mayor. Entre tanto, su obra novelística abarcó títulos como: Responso (1964), La vuelta completa (1966), Cicatrices (1966), El limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983), Glosa (1985), La ocasión (1988), Lo imborrable (1992), La pesquisa (1994), La selva espesa (1994). En 1991 publicó el ensayo El río sin orillas, y en 1997, El concepto de ficción. Juan José Saer no fue escritor de grandes públicos. Él mismo diferenciaba al público del lector, como dos especies distintas, el primero como consumidor, el segundo como una especie de coautor. Su literatura exige compartir con él la misma pasión por el lenguaje, la misma atadura con la memoria. Esa atadura con la memoria personal y colectiva que le llevó a Saer, incluso en su novela sobre conquistadores españoles en medio de pueblos aborígenes, El entenado, como si se tratase de una autobiografía.