Martes 16 de agosto del 2005 Migración

Viaje casi le cuesta la vida a joven

LOJA | Erdwin Cueva

Durante tres meses siguió la travesía con malos tratos y escasos alimentos

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LOJA.- Carlos, un joven inmigrante lojano narró su experiencia con los coyoteros que contacó en Ecuador, en su afán de llegar a Estados Unidos, y afirmó que cinco de sus compañeros de travesía han desaparecido.

“Los coyotes tenían armas y bajo el efecto de drogas mataron a dos migrantes”, contó un lojano.

Bajo la más estricta de las reservas, en el interior de un vehículo con vidrios polarizados y sin cámara alguna que lo pueda identificar, durante 60 minutos, “Carlos” (nombre ficticio) relató su historia de sufrimiento, dolor y fe por la vida que vivió durante tres meses y que jamás la podrá olvidar.

Carlos decidió salir de su pueblo, cuyo nombre no reveló, con la finalidad de ingresar a Estados Unidos ilegalmente, para lo cual pidió a unos amigos que lo ayuden con el número de teléfono de un coyote.

En diciembre del año pasado viajó a Cuenca después de ser contactado por intermediarios en su tierra. En una casa de esa ciudad recibió de parte del coyote más que instrucciones, órdenes, como  “mantener la tranquilidad en todo momento”, “no llevar ni un solo documento que los pueda identificar”, “hablar lo menos posible con sus compañeros de viaje”, “no hablar con extraños, peor aún decir el lugar de donde provienen”, y sobre todo, “llevar la menor cantidad de peso, solo un pantalón y una camisa adicional a las prendas que llevan puesto”.

Carlos cumplió con todos los requisitos, sin embargo, contaba con algo más: 500 dólares que, según afirma, “los tuve bien guardados”.

Al día siguiente partió junto a otras 40 personas hasta Esmeraldas. “Nosotros sabíamos que nos esperaba un barco. Nuestra sorpresa al llegar a las diez de la noche fue que en la orilla del mar nos dividieron en seis grupos para viajar en un igual número de lanchas”.

Por 5 dólares en medio de la oscuridad navegaron en cada lancha por cuatro horas hasta llegar a un barco pesquero en donde el número de “compañeros de viaje” aumentó a 70.

Todos fueron recibidos por la tripulación del pesquero, que “nos embodegó como si fuéramos animales. No permitían que salgamos a cubierta. Únicamente podíamos ir al baño y cuando pedíamos algo de tomar o comer nos trataban mal y nos amenazaban con botarnos al agua”, cuenta Carlos, al tiempo de afirmar que esa rutina la vivieron durante ocho días de la travesía, considerando para su cálculo como una noche a cada uno de los momentos en que algo podía dormir.

En el interior de la bodega, en medio del calor, la humedad, la desesperación y el hambre, hizo amigos y allí se pudo dar cuenta de quiénes viajaban. En su mayoría pertenecían a la provincia del Azuay aunque también había gente de la Costa.

El llanto, la juventud y las ganas de llegar lo más pronto posible fueron el denominador común de todos.  “Tuvimos mucho miedo, el barco se movía mucho y temíamos que se hundiera”, dice.

Por fin la compuerta de la bodega se abrió y recibieron la noticia de que se encontraban frente a las costas de Guatemala. Pero no sabían en qué fecha se encontraban.

Otras cuatro horas de viaje en lancha fueron necesarias para llegar hasta la costa guatemalteca, en donde se dieron cuenta que se trataba del amanecer de un nuevo día. Desde algún lugar de esa playa fueron embarcados en un camión con cajón de madera para ser trasladados a una casa común en donde pasaron dos días más, durmiendo en el suelo. “Por lo que pregunté, supe que el sitio se llamaba Tecún Umán”, refiere Carlos.

Aquí “por lo menos” a quienes tenían dinero les permitieron comprar galletas y bebidas gaseosas, aunque a precios muy elevados, pues, según comenta, una naranja costaba un dólar, mientras que una cola 3 dólares.

Luego de dos días fueron llevados en grupos de diez hasta la frontera con México en buses de transportación pública. “Al llegar a la frontera fuimos escondidos en los tanques de reserva de una gasolinera  donde permanecimos cinco días y comimos solamente una vez”. Era ya la Navidad.

Al sexto día les permitieron salir de los tanques y les obligaron a caminar en la noche por la montaña hasta llegar a otro refugio en donde permanecieron otros tres días y luego, también en horas de la noche, lograron cruzar la frontera.

Comenta que al llegar a una carretera  ya el número de “compañeros de viaje” había crecido. Ya eran 130 y de varias nacionalidades. Todos fueron embarcados en un tráiler diseñado para trasladarlos ilegalmente, pues en la parte superior simulaba carga de colchones y más abajo, en un espacio no mayor a los 50 centímetros de altura fueron ubicados. “Allí, sentados o hincados viajamos por alrededor de unas 18 a 20 horas hasta llegar a Puebla en México, según nos dijo uno de los conductores”, cuenta Carlos.

Otras 16 horas fueron necesarias para ser trasladados en el mismo tráiler hasta Guadalajara, donde se les permitió asearse y se les dio ropa para cambiarse.

En esta ciudad “prácticamente fuimos abandonados”. Los separaron en grupos, los enviaron en taxi a una terminal terrestre de esa ciudad, les entregaron boletos de viaje y les hicieron memorizar direcciones y nombres falsos que debían mencionar en caso de ser atrapados por la Policía de Migración.

A la mayoría de los aventureros los atraparon en su trayecto hasta su próximo destino: el desierto de Cananeas. Carlos tuvo suerte, pues se encontró con dos policías que por 200 pesos mexicanos (20 dólares) lo dejaron continuar. “Por mi forma de hablar me identificaron, sin embargo, les expliqué mi situación, les ofrecí dinero y me dejaron ir”, contó.

En Cananeas, Carlos debió recordar un número de teléfono que le dieron los presuntos coyotes. Llamó y en menos de 10 minutos fue recogido y llevado a un hotel llamado Oasis, en  donde su impresión fue mayor, pues se encontró con más de 200 emigrantes de diversas nacionalidades que deseaban cruzar la frontera y llegar al país del norte.

A Carlos, al igual que a todos, le entregaron una chompa, un pasamontañas, un par de guantes, una mochila, con un litro de agua, dos naranjas y un paquete pequeño de galletas.

Los coyotes les advirtieron que los iban a necesitar, pues el desierto que debían cruzar era un lugar demasiado frío.

De allí en adelante, según relata Carlos, varios fueron los coyotes que los guiaban, pero en esta ocasión, todos llevaban armas, abrigo, celulares y drogas. Estas últimas para consumo propio. Según Carlos, los propios coyotes bajo los efectos del alcohol y las drogas asaltaban a casi todos los ilegales, especialmente cuando se encontraban dormidos por el cansancio de cada caminata diaria.

“En pleno desierto encontramos ilegales perdidos, los que seguramente se escaparon de otro grupo. Dos de ellos caminaban atados y vendados. Unos pasos más adelante fuimos testigos de cómo uno de los cinco coyotes que nos guiaban los mataron con disparos de arma de fuego. Creo que actuaban  bajo los efectos de alguna droga. Fuimos advertidos de que ellos se escapaban de grupos como el nuestro “para entrar por otro lado y pagar menos”, relata Carlos con lágrimas en sus ojos afirmando que varias mujeres emigrantes eran violadas mediante amenazas de los propios coyotes.

Luego de ocho días llegaron a una especie de cueva en donde los  dejaron descansar porque al siguiente día ya llegarían al estado de Arizona, en Estados Unidos. Pero más tarde, en  horas de la madrugada, en vez de ser levantados por los coyotes fueron sorprendidos por decenas de policías estadounidenses, patrulleros y helicópteros que los persiguieron por kilómetros hasta atraparlos.

Carlos, “para buena  o mala suerte”, logró escapar junto a otro “compañero” de origen guatemalteco con el que se extraviaron por tres días en el desierto.

Posteriormente alcanzaron a divisar un pueblo en el que se introdujeron con mucho cuidado, pues la policía los buscaba. Lamentablemente dos agentes de Migración vestidos de civil los detuvieron.

Después de intensos interrogatorios Carlos fue descubierto al mentir sobre su nacionalidad y se le dio la oportunidad de escoger entre la deportación o la pelea de su estadía en los Estados Unidos.

Carlos buscó seguir la lucha por cumplir su sueño y decidió pelear su estadía. Se le anunció que debía permanecer por casi tres meses en la cárcel, conseguir un abogado al que debía remunerarlo con mil dólares cada mes y pagar una fianza.

Ya era el 18 de enero de este año y recién su familia logró enterarse de la  existencia de Carlos cuando  en uso de su derecho, pudo  llamar a Ecuador y advertirles que no debían pagar ningún monto al coyote en Cuenca.

Luego de tres meses fue llevado a la Corte en el estado de Arizona, se le fijó una fianza de diez mil dólares, pero solamente podía quedarse en Estados Unidos durante ocho meses sin poder trabajar y con la condición de que se presente cada mes en la Corte.

“Quedarme durante todo ese tiempo para trabajar ilegalmente en Estados Unidos me representaba alrededor de 20.000 dólares, que yo no los tenía ni mi familia”, dice Carlos. “Fue entonces cuando decidí pedir mi deportación que no sé por qué razón lo hicieron en veinte días más”.

Carlos se lamenta del mal trato que recibió en cada lugar al que llegó, en cada trayecto que recorrió y en cada cárcel que estuvo.

“Para deportarnos fuimos esposados y encadenados de pies y manos, desde Arizona hasta Los Ángeles”. De allí hasta Ecuador el viaje en avión se hizo más largo, pues deseaba con toda su alma encontrarse con su madre, esposa e hija.

Paradójicamente, Carlos salió del país con 500 dólares y regresó con solo 5 de ellos que a duras penas le sirvieron para comunicarse desde Quito con sus familiares y decirles: “Ya llegué”.

El coyote que lo envió desde Cuenca “jamás” estuvo al tanto de dónde y cuándo llegaba Carlos a Estados Unidos.

Cuenta que por más de dos ocasiones el coyote desde Cuenca llamó por teléfono a su madre  para que pague los diez mil dólares por el viaje y de no hacerlo amenazaba con no ayudarlo.

Carlos recuerda haber comido 15 veces, haberse aseado 3 y haber dormido menos de seis horas diarias durante toda la travesía.

Antes de viajar, Carlos era funcionario público. Actualmente se desempeña como comerciante en su pueblo natal.

En caso de haber llegado a pagar los diez mil dólares al coyote, su familia debía haber pedido dinero a prestamistas (chulco) e hipotecar una casa y un terreno.

Deplora la desaparición de cinco de sus compañeros y ora para que por lo menos estén extraviados en algún lugar de Centroamérica y advierte que nunca más quisiera volver a vivir esa trágica experiencia que casi le cuesta la vida.

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