En Tapiapamba, comuna afroecuatoriana ubicada a 30 minutos de la cabecera cantonal de Urcuquí, en Imbabura, los temblores son a diario, comenta la mayoría de sus 300 habitantes.
Es un recóndito lugar al que se ingresa después de recorrer media hora por un camino de tierra. En las últimas semanas llegaron visitantes inesperados: arquitectos, fotógrafos, camarógrafos, periodistas y técnicos, quienes querían palpar de cerca la actividad sísmica.
Las casas en su mayoría son de adobe y una decena tiene cuarteaduras. “Ya sé por qué viene. Seguramente es para conocer cómo estamos viviendo con esto de los temblores”, dice Tulia Cazar. Ella, con su familia de dos miembros, duerme desde hace un mes en una carpa de plástico, junto con sus dos hijos.
Otros vecinos manifiestan al unísono que los temblores los asusta. Se encomiendan a Dios y a la Virgen del Carmen y dicen que las autoridades poco han hecho en el lugar para prevenir alguna desgracia.
“El otro día vinieron unos señores con chalecos tomates (Defensa Civil), nos entregaron unas hojas con letras y fotos que creo decían cómo debemos portarnos en caso de algún temblor grande”, señala Célida Mina, de 70 años.
El alcalde de Urcuquí, Víctor Rivadeneira, confiesa que pese a la situación no ha ido a Tapiapamba y solo envió técnicos para que verificaran si hay casas en mal estado. El objetivo: hacer un informe para pedir ayuda al Miduvi y la Gobernación de Imbabura.
El Alcalde arguye que la Defensa Civil le “recomendó” no ir al lugar.