Viernes 12 de agosto del 2005 La caja

El reino de la pornomiseria

En una pequeña y precaria habitación, una pobre mujer yace enferma. La rodean sus numerosos hijos y frente a ella se introduce un micrófono donde se puede leer TC Televisión. Cuando la cámara se abre algo más para enfocar cartones arrumados, colchas y ropa vieja, aparece en todo su esplendor ‘La Reportera del Drama’. Su nombre lo dice todo.

“La televisión está cayendo en la búsqueda del efecto emocional gratuito (pornomiseria) antes que buscar la reflexión personal y el cuestionamiento del poder. En muchas ocasiones hay más preocupación por inducir al sentimiento, que a entregar algún contenido”, es el diagnóstico que hizo el jurado de selección del IV Premio de periodismo latinoamericano y que calza a la perfección a la moda televisiva de hacer caridad en pantalla. Ya se sabe, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno...

¿Está mal que la TV haga caridad en pantalla? Bueno, probablemente se ayudará a decenas de necesitados; pero más allá de eso sí cabe cuestionarse: ¿Hacer obras de caridad es la función del periodismo? Porque da la impresión de que existe una horrible confusión en todo esto: pensar que ir dando limosnas o emprender en campañas de recolección de fondos y cosas por el estilo, es el servicio social que presta el periodismo. Y esa actitud se relaciona con esta otra: “Impresiona la falta de temas que enfrenten al poder llamado gobierno, élites o empresarios. Se huye de esa responsabilidad en una obsesión por lo cotidiano y lo breve”.

Es así que periodismo comienza a rimar con populismo. ¿Qué diferencia hay entre la “labor social” de Bernardo Abad, Valeria Gavilánez, María Cecilia Largacha, Ruth del Salto y otros comunicadores, con las clínicas móviles y el reparto de víveres que hacen los líderes populistas cuando están en campaña? “Existe una tendencia de los periodistas a ser protagonistas gratuitos de los hechos que nos cuentan”.

Las dos caras de la moneda
Por lo contrario, el servicio que presta el periodismo a la comunidad pasa por poner en cuestión a los poderes que permiten los dramas sociales. De ahí que se diga que el periodismo es un contrapoder. Y aunque haya quienes discrepen de esa definición, a nadie se le ocurría plantear que el periodismo es un enfermero que va recogiendo los muertos y heridos del sistema o una hermana de la caridad que reparte bendiciones entre los marginados del statu quo.

Sin embargo, cada vez se extiende la noción del periodismo como un comité de buena voluntad, en lugar de hacer frente a los poderes, a las élites políticas y económicas y mostrar su responsabilidad en la situación de un anciano en medio de la calle, de la humilde señora que no puede trabajar y no recibe ningún tipo de asistencia social.

Porque hay que saber que todo statu quo tiene dos caras de la misma moneda: los ganadores y los perdedores. Cuando el periodismo hace la corte a los unos y caridad con los otros, es que sencillamente ha olvidado su vocación para convertirse en un engranaje más de la máquina. Y eso es lo peor que le puede pasar.

La caja

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