‘Si los niños fueran británicos’ era el título de un artículo en donde Miguel Molina, uno de los más lúcidos columnistas de BBC Mundo, comparaba el despliegue informativo alrededor de los atentados de Londres, mientras ese mismo día ante la casi total indiferencia mundial, una veintena de niños iraquíes volaban despedazados por una bomba asesina. El fin de semana, 90 personas fueron víctimas inocentes de atentados terroristas en El Cairo… ¡Ah, si hubiera sido Londres o Madrid!
En nuestra provinciana TV, la ola de atentados fue una breve información perdida en el resto del menú noticioso internacional del fin de semana. Pregunta de un hipotético examen: en el Ecuador televisivo, ¿cuáles son las reglas? Respuestas correctas: 1) Se debe adorar al fútbol sobre todas las cosas. 2) Gutiérrez es un fantasma que vende bien. Tercero y fuera de competencia: ¿90 muertos? “El Cairo está muy lejos y la gente se muere todos los días” (interpretación libre del razonamiento en pantalla).
Frente a lo extranjero hay un doble estándar. En publicidad, programas faranduleros, telenovelas es el proveedor de los modelos de belleza, comportamiento y consumo. En los noticiarios no interesa porque significa que los ratings caen a menos que tengan una conexión directa con el país. Directa quiere decir que haya ecuatorianos involucrados de cualquier forma: en Nueva York y Madrid hubo compatriotas muertos y el despliegue es mayor. En Londres no hubo víctimas de esta tierra, entonces se le baja el perfil. Y en el caso de Egipto, bueno: “¿Dónde está El Cairo?”
Mayúscula perversidad: lo noticioso depende del rating que a su vez está en función de que se pueda conmover emocionalmente a la audiencia. En semejante situación, el objetivo primero y esencial de informar correctamente queda sepultado.
El sur quiere estar en el aire
El domingo 24 de julio, Telesur comenzó sus emisiones desde Caracas. Inició con la retransmisión en directo de la larga ceremonia de inauguración desde el Teatro Teresa Carreño, uno de los escenarios más emblemáticos de la capital venezolana. Todo un símbolo de la importancia que le da el gobierno de Chávez al proyecto.
¿Telesur es un proyecto televisivo o un proyecto político? Es lo que se intenta descifrar –inútilmente– en estos días. Un medio siempre es un proyecto empresarial, pero al mismo político (eso es lo que hace tan complejo el manejo de un medio). Y más en las actuales circunstancias de creciente confrontación entre la “nueva izquierda” latinoamericana y EE.UU. ¿Qué puede ser más político que el pretender que una región tenga una voz noticiosa propia?
Telesur es un acto político a no dudarlo. EE.UU. lo sabe muy bien: a principios de los ochenta desbarató los planes de la Unesco de un “nuevo orden informativo mundial” que justamente implicaba la creación de medios con enfoque Sur-Sur en las regiones periféricas del mundo.
Pero la sobrecarga política del proyecto es un terrible peso porque implica que cada uno de sus actos, todas sus coberturas serán sopesadas bajo criterios políticos: Colombia ya ve una apología de la guerrilla porque en un promocional aparece la imagen de Tirofijo (que es tan absurdo como decir que la CNN estaba a favor de Al Qaeda porque mostraba la imagen del perseguido Ben Laden).
¿Puede cargar con ese estigma? La primera consideración es que Telesur no es Al Jazzira. La cadena qatarí se construyó bajo el modelo BBC de independencia y autonomía absolutas. De lo que se sabe, el proyecto latinoamericano no tiene esa garantía. Solo le quedan los hombres. Sus profesionales deben actuar con la suficiente inteligencia, conocimiento y visión para saber que sobre cualquier otra consideración deben hacer buena televisión.