Domingo 10 de julio del 2005 Letras y Notas

Un viaje hacia el deshielo

Foto: EFE | Texto: Javier Ponce

Sergio Pitol es un escritor mexicano que llegó a Moscú en la década del ochenta con el libro de Julio Verne en la maleta. Desde entonces, no ha cesado en difundir la literatura de Europa Central.

El viaje, una de sus últimas producciones, es un buen pretexto para asomarse a la literatura de Sergio Pitol. Nacido en Puebla, México, en 1933, se ha convertido, junto con sus escritos, en un apasionado difusor de las literaturas de la Europa central. Y El viaje es, precisamente, una aproximación al deshielo que vivió la Unión Soviética en sus últimos días.

Los viajes son uno de los motivos centrales en la vida y la obra de Pitol. Qué mayor testimonio que el de un escritor que, en la década del ochenta del siglo veinte, llega a Moscú sin más compañía que un libro de Julio Verne, el apóstol de los viajeros, en la maleta.

“Las lecturas de Julio Verne habían alimentado en mí cierta desesperación de recorrer el mundo y perderme en él”, afirma en uno de sus relatos, El narrador; y añade: “El impulso de viajar, después de mis primeras salidas, en vez de atenuarse se volvió obsesivo”. Y una noche en Roma,  “en un café de medio pelo, comencé a esbozar un relato que, para bien o para mal, continúo todavía escribiendo. Aquel viaje que debía durar unos cuantos meses se prolongó por veintiocho años, los mismos que tenía yo al llegar a Europa”.

“El viaje era la experiencia del mundo visible, la lectura, en cambio, me permitía realizar un viaje interior”, dice Pitol.

Y el libro que comentamos, tiene esa doble dimensión: el tránsito real por la Unión Soviética hasta el arribo gozoso a Georgia, y el viaje por la memoria, que le llevará a uno de sus primeros recuerdos: aquel niño ruso, “caudillo nato” que irrumpió en su infancia.

A momentos, el viaje de Sergio Pitol por fuera, por el mundo, se queda en segundo plano, para descubrirnos el viaje interior en el que, además, todos los lugares tienen el nombre y evocan a algún escritor o algún personaje.

Es una geografía poblada por la escritura.

El viaje es un diario que va del presente al pasado, en un proceso de asombro ante los cambios que va encontrando en un mundo herméticamente cerrado, totalitario. En uno de sus momentos más intensos, Pitol recuerda, en un pequeño capítulo, a ese personaje enorme, creador del nuevo teatro ruso, Vsiévolod Meyerhold, perseguido por el régimen de Stalin hasta su muerte. El deshielo y la apertura de los archivos de la KGB permitieron recuperar una carta suya que concluye confrontando el miedo a continuar bajo la tortura que acabó reduciendo su cuerpo al estado de un enfermo de paludismo, con la posibilidad de autoacusarse y buscar la muerte:

“¡La muerte (oh, desde luego) la muerte es mucho mejor que eso!, se dice el detenido. También yo me lo dije. Y me acusé a mí mismo con la esperanza de que esas calumnias me condujeran al cadalso…”.

Los viajes de Pitol no son para descubrir nuevas ciudades, epidérmicamente. Son un constante retorno, un volver a las ciudades y confrontarse con ellas nuevamente. Y hacerlo a través de las obras de quienes allí escribieron sus textos más intensos. En esa Rusia del deshielo, por ejemplo, están presentes constantemente Gogol o Chejov.

Sergio Pitol  obtuvo en el año 2000 el premio Juan Rulfo, y aparte de El viaje (2002) ha publicado los siguientes títulos:

No hay tal lugar (1967), Infierno de todos (1971), Los climas (1972), El tañido de una flauta (1973), Asimetría (1980), Nocturno de Bujara (1981), Cementerio de tordos (1982), Juegos florales (1985), El desfile del amor (1985), Domar a la divina garza (1988), Vals de Mefisto (1989), La casa de la tribu (1989), La vida conyugal (1991) y El arte de la fuga (1996).

Es difícil distinguir en su obra lo que pertenece a la ficción de lo que es autobiográfico. Es muy frágil la frontera entre su vida y su escritura. Incluso cuando narra un viaje, vuelve sobre los sueños que le sobrecogieron desde la infancia. Del mismo modo como no existen fronteras entre el relato de los escenarios geográficos que recorre y los ensayos que sobre los escritores del lugar va tejiendo.

Su lectura se vuelve, por tanto, un encuentro constante con la literatura.

“La literatura me salvó la vida”, afirma en una entrevista con el diario español La Vanguardia. Y esa simple frase recoge la relación entre los libros y los días, entre la literatura y el cuerpo que llevamos a cuestas, entre la palabra y la vida.

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