Domingo 03 de julio del 2005 La caja

Receta para televisión: 2 tazas de caos y 10 cucharadas de fragmentos

Son las 10h00 y en Ecuavisa se está emitiendo Daniel El Travieso. Se hace un corte publicitario y aparece el avance de ‘Vivos’ que promociona la grotesca imagen de la caricatura de la animadora de TC, Carla Sala, y el personaje del corrupto vigilante de tránsito acompañado por el actor que representa a un niño y una modelo “sexy”.

Inmediatamente después se da paso a las imágenes de la campaña de Niño Esperanza, el proyecto de este canal con Unicef: futuras madres acarician tiernamente sus vientres donde están pintados unos rostros.

“Nuestro programa (‘Vivos’) no es para niños sino para adultos. Si los padres los dejan ver es su responsabilidad”, dijo Flor María Palomeque, actriz del programa ‘Vivos’, al comentar el foro ‘La televisión y el impacto en la infancia’ que se realizó el miércoles en Guayaquil... A la luz de lo descrito, lo dicho por Palomeque suena a autocomplacencia y evasión de responsabilidades.
Una de las cosas más fascinantes de la TV y al mismo tiempo una de las más peligrosas es que representa una visión del mundo fragmentada, sin orden lógico.

Imaginemos que tenemos entre manos una batidora que en vez de alimentos procesa imágenes: grotescas caricaturas de animadoras de TV, la ternura de futuras madres, las travesuras de una caricatura animada, los mensajes para el cuidado y la estimulación del feto… ¿Qué puede salir de una mezcla así en la mente de un niño? Pero el batido no ha terminado… Al siguiente minuto se añaden los niños y personajes que participan en un programa infantil, 4x4 enlodados en medio de una competencia, la hiperactividad de un pájaro animado…

Si se acude al zapping, la cosa es aún más crítica: promociones de productos para el hogar (‘TV Ventas’ en Canal Uno), un reportaje con soldados en una demostración para escolares (TC Televisión), el discurso de un empresario en una sesión solemne (Telerama), una dama que llora en el piso (una telenovela en Telesistema), un tipo gritándose con su pareja (otra telenovela, en Teleamazonas), un desarrapado hijo pródigo que llora y se abraza con su madre (una mezcla de telenovela y cuento infantil en Gamavisión), etc., etc.

¿Ahora imaginemos cuántos fragmentos del mundo, desordenados y sin ninguna secuencia lógica, vemos diariamente a través de nuestros televisores?  Digamos que la mente de un adulto puede estructurar medianamente ese aparente caos. Por lo contrario, la mente del niño se formará en esa “batidora audiovisual”. Hasta hace poco, la coherencia del discurso, el mensaje que se estructuraba en un hecho, mediático o no, eran factores fundamentales para formarse una idea sobre el mundo que nos toca vivir. La TV vuelve irrelevantes esos valores… “El medio es el mensaje”, dijo hace 30 años el comunicólogo canadiense Marshall McLuhan.

Por eso, es inexacto decir que hay una TV educativa y otra que no. En sentido estricto, toda la televisión es profundamente formativa. Claro que en un mundo ideal, los padres debieran ser quienes ayuden a los niños a poner orden en el aparente caos visual y guiarlos para descifrar el entramado de imágenes contradictorias. ¿Estamos preparados los adultos para ello? En la mayoría de casos, no; también estamos aprendiendo a distinguir qué dimensiones de la realidad se están mezclando en la batidora audiovisual, qué géneros, qué lenguajes, qué licencias, qué fragmentos de qué discurso vemos en las pantallas.

El proceso de aprendizaje implica esfuerzo y tiempo adicionales que en la mayoría de hogares no están disponibles. ¿Cuántas horas más se requieren para  descifrar los contenidos de las tres, cuatro o las cinco horas diarias que utiliza –en promedio– un niño ecuatoriano para ver la televisión según las cifras divulgadas en el foro por Consuelo Carranza, oficial de comunicación de Unicef?
Probablemente días enteros, como bien lo saben los expertos.

“La responsabilidad es de los padres”, señalan a coro gente de TV como Richard Barker, Fernando Villarroel, Flor María Palomeque y Frank Palomeque, según las opiniones recogidas luego del foro de Ecuavisa y Unicef… ¿Y sus propias responsabilidades? Los padres, desgraciadamente, no controlan, ni influyen, ni son tomados en cuenta para decidir los contenidos de TV.

Es muy cómodo tirar la pelota al otro campo y hacerse el desentendido con las propias jugadas. Y la verdad es que la TV no ayuda ni con lo más elemental: horarios de protección infantil, manejo de un código común y riguroso de calificación de sus programas, inclusión de comités asesores de educadores y padres, etc. O si no que lo diga la madre cuya hija de apenas 9 años  sufrió un intento de violación por parte de sus compañeros de la misma edad al grito de “viólala, viólala”, al más puro estilo televisivo.

La batidora visual y  su orden

Ahora bien, si el televidente visualiza en su pantalla una realidad desordenada e ilógica, no significa que la televisión sea desordenada e ilógica. Al ser medios de comunicación, los canales de TV son instituciones altamente estructuradas. Es decir, tienen una organización, unas políticas, unas normas, unos objetivos, etc.

Para comenzar a descifrar la televisión, se debe comenzar por entender la lógica interna que la mueve. Aquí llegamos a la médula: el tema “audiencia” o “rating”. Esta medición estadística es tan precisa que indica minuto a minuto cuántos televisores están encendidos viendo determinado programa, lo cual a su vez es el argumento fundamental para que los anunciantes pongan publicidad en determinado programa. Por eso es la obsesión central de la gente de TV.

En el país, la batalla por el rating la gana desde hace algún tiempo TC Televisión. Su estrategia: igualar a los televidentes por abajo. Con el éxito de esa lógica, los demás canales adoptaron la estrategia competir por las audiencias, con el mismo principio: igualarse por abajo.

Una lógica tan perversa, por supuesto, acaba en el abismo del “veamos quién puede llegar más bajo”. En otras palabras, quién puede mostrar más violencia, más sexo explícito, más miserias humanas, más humor grotesco y de doble sentido, modelos con menos ropa y más meneos, más especiales de nalgas y cirugías de senos, más burlas en contra de los homosexuales, más crónica roja, más sensacionalismo, más alarmismo y manipulación, más…
Bueno, la lista se puede tornar interminable.

Pero, en un momento dado, hay que parar. Por eso es que hoy, la TV ecuatoriana se encuentra en un momento de transición. Además, la situación ha variado: los cambios tecnológicos, las transformaciones sociales, los relevos de generaciones, las exigencias de las comunidades, las presiones de grupos sociales excluidos, las protestas de sectores críticos. 

La televisión, en su carrera cuesta abajo de los últimos años, olvidó una cosa esencial: como medio de comunicación tiene responsabilidades en la construcción histórica del país.  Hechos como promover la reflexión sobre los valores de ‘El mejor ecuatoriano’ (Ecuavisa), involucrarse en propuestas para la consulta popular (TC), acoger investigaciones periodísticas (Teleamazonas) son pasos para comenzar a escalar el abismo, pero no significa que se haya desandado el camino hacia abajo.

En realidad, la ascensión será más complicada: adelante esperan retos como  dar cabida a un relevo generacional y hacer una TV más joven en ideas. El tomar en cuenta a niños, familias, mujeres, grupos, ahora excluidos por el concepto de audiencia-masa. Al mismo tiempo, está el convencer a publicistas y anunciantes que es un mejor negocio apuntar a segmentos específicos de mercado.

También está una inaplazable renovación tecnológica: en muchos países el cambio a la televisión digital tiene ya fecha y hora. En cambio, la TV ecuatoriana se ha quedado rezagada tecnológicamente, tanto para la producción como para las transmisiones.

El igualarse hacia abajo ha significado pagar una enorme factura, además, sobre un presupuesto altamente tóxico: la falta de educación y la miseria de la gente como negocio…
Si se rompe el círculo hay que ofrecer mejores productos y eso es concebir una TV distinta.

 De otra forma, si en la TV no se está consciente de la necesidad de nuevos aires, significa que ha sucumbido ante la imagen de su propio caos.

 

Un zapping por lo que ofrece la TV a las 10h00, con los niños de la Sierra y la Amazonia en vacaciones: en Telesistema, una señora se arrastra por el suelo en medio de alaridos. En Gamavisión, una mezcla bastante indefinida entre una telenovela y un programa infantil contiene escenas violentas en donde los adultos pelean y una niña grita desesperada... En Ecuavisa, una secuencia de imágenes contradictoria: primero se promociona lo grotesco de las caricaturas de ‘Vivos’, la comedia estrella de ese canal. Pocos segundos después, se divulga la ternura y el “estímulo al niño en el vientre”, parte de la campaña Niño Esperanza... Sin duda, los niños son los más afectados por el caos y fragmentación del mundo televisivo.
La caja

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