Considerado uno de los secretos mejor guardados de Argentina, el escritor César Aira disfruta inspirándose en los imprevistos que ocurren a su alrededor. Sus títulos ya se encuentran en librerías ecuatorianas.
Algunas de las novelas de César Aira han llegado a librerías locales. ¿Cómo interpretar a este novelista argentino? ¿Como él mismo se califica, un extravagante?
¿Son sus obras un capricho literario, un pretexto para exponer unas cuantas ideas personales, una construcción enigmática o reveladora?
La mendiga, una de sus producciones de hace cerca de una década (1998) parece un tejido de hechos de azar, artificialmente creado por el autor para construir una hermosa historia de relaciones y destinos humanos. ¿Acaso puede haber algo más que azar en el hecho de que la mendiga sea recogida por una ambulancia que tenía como destino dejar en su trabajo a una actriz de televisión, la cual acaba confundiendo su propia vida con la vida de la mendiga?
Las novelas, declara este autor, “vienen de la realidad, del azar de la realidad. Trato de dejar que me inspiren las cosas que pasan a mi alrededor. En general, o últimamente, hay un deseo de hacer homenajes a lugares que quiero…, como voy improvisando nunca sé bien adónde voy a ir y a veces me sorprendo de lo que ha quedado. Al final, siempre tienen un aire un poco monstruoso, porque he ido cambiando de dirección tantas veces que no sé muy bien adónde llego”.
La ficción al servicio de la ficción. Y a mayor ficción e inverosimilitud, a mayor azar, mayores espacios libres para reflexionar y proyectar una narrativa muy personal.
“Mis personajes siguen siendo palabras”, afirma Aira, para ubicarlos como lo que son: el pretexto para la escritura. Y agrega que en la construcción de sus novelas no hay nada previo, “me dejo llevar por la inspiración del momento, por el impulso, y después todo lo que sigue es improvisación”.
Esta aproximación define a sus novelas, frente a las cuales el lector se pregunta cuál será el momento siguiente y será pretexto para qué…
César Aira nació en Argentina en 1947 y sigue allí. Eso no es común, con el hábito de los escritores latinoamericanos de marcharse a los países del Norte. Ha producido unas tres decenas de libros y algunos de ellos, como el relato del viaje del pintor Rugendas por América Latina, constituyen una enorme intensidad. En este caso, Un episodio en la vida del pintor viajero(2000), se trata de apenas sesenta páginas cuya lectura es difícil interrumpir, al tiempo que la relación con una enigmática y avasalladora naturaleza va modificando profundamente el arte de Rugendas, va dramatizándolo y convirtiéndolo en el creador de una ruptura con los moldes clásicos del arte plástico. El drama de su propio cuerpo acaba marcando el drama de su obra. La vehemencia de la tragedia genera la vehemencia creadora.
Aira no se toma en serio a sí mismo, para tener las manos libres; y más que las manos, la imaginación.
Sus declaraciones buscan deslindar campos con el boom literario o el marketing editorial. Se define como alguien que solo quiso ser lector y se convirtió en escritor para que le dejen leer en paz.
Algunos de sus títulos –La mendiga (1998) o Las noches de Flores (2004)- se escenifican en un mismo barrio de Buenos Aires, su barrio y constituyen un relato de esa cotidianidad barrial rota por hechos insólitos. Y es que Aira quiere ser un autor arraigado en un espacio concreto, ciudadano. Las noches de Flores trata “de un tema tan prosaico como el reparto de pizzas a domicilio. Quise hacer una fábula poética y nocturna con un tema improbable”, afirma el autor, para subrayar ese afán por tomar temas “improbables”, por combinar ocurrencias increíbles para pensar en voz alta y construir su literatura ciento por ciento pura.
Las obras de Aira rara vez pasan de las cien páginas. Y las escribe en un café, el café del barrio y nunca durante más de una hora seguida, pero eso sí, todos los días… “en Buenos Aires abundan los cafés, hay uno en cada esquina, y son muy acogedores, los porteños tenemos el hábito de ir a charlar, evidentemente, pero también de ir a leer el diario, los chicos jóvenes a estudiar, y yo a escribir. Nunca paso de una hora, ni una página o página y media, porque ahí hay como una válvula que se cierra, y tengo que esperar al día siguiente para seguir, aunque tenga las ideas y las ganas de seguir, ahí paro y sigo al día siguiente”; hasta que, confiesa Aira, un momento se cansa y pasa a otra novela. Y el final de la obra es el punto donde se cansó de escribirla:
“Sí, los finales, creo, son mi punto débil, porque en general me aburro de lo que estoy escribiendo, se me ocurre una idea que me parece mucho mejor, quiero empezar otra novela. Nunca he sido muy paciente y tampoco me tomo muy en serio el trabajo de novelista, entonces hay un punto crítico cuando se va acercando el final en que me da una especie de apuro y mato a todos los personajes y hago una gran catástrofe para terminar esa novelita que ya me aburrió”.