Domingo 26 de junio del 2005 La caja

La fábula del poder absoluto y la corte de periodistas silenciosos

Cuando la Selección fue goleada por Colombia 3-0 en Barranquilla, la mayor parte del periodismo deportivo hizo como que nada hubiera pasado y siguió preparando sus equipajes al Mundial de Alemania, viaje que dan por seguro.

No obstante, la fiesta general tuvo un pequeño manchón… El periodista de radio Óscar Portilla sugirió, como al descuido, que mujeres de aspecto dudoso fueron vistas rondando el hotel en donde se hospedó la delegación ecuatoriana…

En realidad, tal comentario podía significar cualquier cosa y podía motivar una repuesta hasta burlona de la dirigencia futbolística. El rumor en estos casos es periodismo liviano: sugiere, echa dudas, pero no prueba nada.

Pero sucedió todo lo contrario. La frase aquella se convirtió en el perfecto motivo para que la Federación Ecuatoriana de Fútbol diera muestras de su poder casi omnímodo. Esta semana castigó a Portilla, en complicidad con un tribunal ad hoc de comunicadores presidido por Roberto Omar Machado, prohibiendo su ingreso a todos los estadios del país y al mismo tiempo suspendiendo su licencia profesional como periodista deportivo.

Se trata a todas luces de una sanción irregular e inconstitucional. Pero además, es tanto una represalia en contra de Portilla como una advertencia en toda regla: la dirigencia del fútbol ecuatoriano no va a permitir disidencias periodísticas que signifiquen el más mínimo cuestionamiento. Es decir, la FEF actúa como todo poder que se considera absoluto e irresponsable (en el sentido de no tener que dar cuentas ante nadie)… Con la circunstancia de que al trono, ocupado actualmente por Luis Chiriboga, lo rodea una corte de periodistas silenciosos y/o incondicionales.

Solo hagamos un ejercicio: pongamos un caso similar en otro escenario. Digamos, por ejemplo, que estamos ante el incidente de los legisladores que fueron a Lima para las negociaciones del TLC. Preguntémonos: ¿qué hubiera sucedido si es que el Congreso en vez de investigar a los diputados acusados del bochorno hubiera cerrado filas para amenazar y luego sancionar a los periodistas que divulgaron la información? ¿Qué hubiera pasado si tras las filas del Congreso se hubieran colocado algunos periodistas para avalar las sanciones? A no dudarlo, se hubiera generado un escándalo mayúsculo. Todos los espacios televisivos de opinión se hubieran llenado de condenas, se hubiera hablado de dictadura, los organismos de derechos humanos habrían emitido comunicados, se hubiera recurrido a instituciones internacionales…

Bueno, estamos ante una situación similar (no por el nivel de bochorno, sino por el principio vulnerado) y no ha pasado nada. Todo lo contrario, las estrellas del periodismo deportivo televisivo han mirado para otro lado. Han ido “silbando bajito y pateando tachos” como gusta decir a Roberto Bonafont.

Pavlov también juega al fútbol
Frente al silencio cómplice hay que destacar dos excepciones: Ecuavisa en su noticiero nocturno del miércoles dio la información sobre la sanción a Portilla colocándola en contexto y cuestionando la acción de Chiriboga y la FEF a través de la voces de juristas como Antonio Rodríguez Vincens y de dirigentes gremiales.

La otra vino por fuera del periodismo deportivo: Rafael Cuesta en TC defendió la libertad de opinar de todo periodista en una conversación con Diego Arcos, quien –en todo caso– fue menos concluyente.

¿Por qué los silencios y/o alineamientos del resto? ¿qué sucede con los Bonafont, Díaz, Muñoz, Gallardo, Gushmer, Machado, tan frontales en otros ámbitos? ¿Por qué la incondicionalidad y/o silencio frente a la dirigencia del fútbol ecuatoriano?

Al parecer, en muchos aspectos de las relaciones entre dirigencia-prensa deportiva rige un sistema populista y clientelar. Un modelo de premios y castigos.
Los corifeos otorgan favores: accesos privilegiados a ciertas informaciones y/o personajes, transmisiones, invitaciones, viajes… el Mundial. Y en la pantalla se transforma a “Luchito” en un héroe, en el artífice de la clasificación de la Selección… Y la Selección es intocable, prácticamente un símbolo patrio.

Como ya lo descubrió Pavlov hace casi un siglo, el sistema de premios y castigos crea reflejos condicionados. La inclinación reverencial ante la dirigencia, puede ser uno. Porque no se trata solo de una actitud ante la Federación Ecuatoriana de Fútbol y Luis Chiriboga…

Obsérvese cómo se trata a dirigentes como Rodrigo Paz, de Liga, o Isidro Romero, de Barcelona. El “señor Paz”, en el un caso; el “ingeniero Romero”, en el otro. Hay quienes sostendrán que es una muestra de respeto ante los logros dirigenciales. De Paz se puede decir que tiene éxito pero también que ha vulnerado la institucionalidad de su equipo. De Romero… bueno, él observa los partidos de la Selección en su residencia de Madrid, mientras en su equipo se hace esfuerzos para que acabe “la fiesta”.

Industria del espectáculo
Ahora bien, queda un aspecto: ¿Lo que dijo Portilla es cierto o no? ¿Hubo prostitutas (hablemos claro) en el hotel donde se hospedaba la selección ecuatoriana? ¿Qué hacían ahí? Cuerpo técnico y jugadores han negado cualquier incorrección. La versión periodística no aporta más que el testimonio de una presencia sospechosa.

Desgraciadamente, el fútbol a estas alturas más que un deporte es un gran espectáculo. Un campo dónde afloran todos los males del show bizz: escándalos, uso de estupefacientes, vidas sexuales agitadas… Eso pasa en todo los lugares en donde la lógica de la farándula y el espectáculo han penetrado en lo deportivo.
¿El Ecuador es la excepción? Al tenor de la cantidad de episodios que han protagonizado jugadores de fútbol en los últimos años, parece que no.

 ¿Qué responsabilidad tiene en esta situación la dirigencia deportiva? Y más allá, ¿cuál es la responsabilidad de un sector del periodismo deportivo que sistemáticamente ha echado tierra sobre todos los temas difíciles del fútbol?

El caso de la sanción a Portilla es relevante solo porque ha dejado al descubierto un poder autoritario que se considera más allá del bien y del mal, a un sector de la prensa deportiva que no lo cuestiona y por lo tanto se torna cómplice. Y finalmente, porque revela que los problemas más espinosos de un deporte devenido en una de las mayores industrias del entretenimiento permanecen flotando por más que se haga silencio o se mire para otro lado.

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