Hace más de dos décadas México se convirtió en la segunda patria de la colombiana Laura Restrepo, una ex guerrillera tan incómoda reclamando paz que, amenazada de muerte, tuvo que marcharse de su país. En su exilio buscó una historia que contar, con la que se identificara, y la convirtió en un relato estremecedor de hechos reales. Dieciséis años después, el libro ‘La isla de la pasión’ acaba de ser reeditado.
Década del ochenta. Una escritora convertida en guerrillera deja Colombia. Ha sido amenazada, huye de la muerte y de la violencia. Es crítica con los gobernantes e inconformista.
1989. La guerrilla del M-19, a la que ha pertenecido, deja las armas. Fin del exilio mexicano; Restrepo vuelve a casa cambiada. En la maleta, una historia de náufragos con la que se identificó en su exilio.
“(El relato) lo terminé en Colombia”, refiere la escritora con una profunda satisfacción con la reedición de un libro que documentó y escribió cuando era poco conocida fuera de su país.
“Yo en ese tiempo no soñaba con hacer ficción, sino más bien con un reportaje que me diera para hacer todo un libro”, comenta la autora.
Llevaba algún tiempo instalada en México y estaba “buscando desesperadamente” una historia que contar en un momento de su vida de tránsito hacia quién sabe qué. “Después de mucho leer y de mucho recorrer este país por fin di con una historia que estaba virgen y que yo podía contar”, añade la autora.
Confiesa que no fue fácil, que tuvo que elegir “el último rincón de México y del planeta”, la isla de Clipperton, a 945 kilómetros al sur de Acapulco para dar con un pedazo de México casi olvidado por la historia.
Aventuras de nueve años
El relato cuenta las aventuras y desventuras que viven, durante nueve años críticos en la historia de México y mundial (1908-1917), un grupo de soldados mexicanos destinados a una isla perdida en el Pacífico, que había sido descubierta y bautizada como Isla de la Pasión por Fernando de Magallanes, en 1520.
Obsesionado por controlarla frente a las potencias extranjeras que iban a devorar el mundo, el presidente mexicano Porfirio Díaz mandó a una división de soldados a protegerla y defenderla de enemigos hipotéticos que nunca llegaron.
En Clipperton malvivieron el destacamento militar y sus familias gobernados por el oficial Ramón Arnaud, un soldado traumatizado que tiene una deuda de honor por saldar con la patria.
El grupo padece un sinfín de penurias y finalmente se deshace castigado por los huracanes, las disputas internas y el olvido al que les condena un México inmerso en su Revolución.
En Clipperton chocarán además dos mundos antagónicos: el castrense, dominado por los hombres, la ley, el honor y el deseo de jugar un papel en la Historia, y el de las mujeres, madres y compañeras que van enviudando cuando uno a uno mueren los soldados.
“Sobreviven las mujeres y los niños. Es interesante ver por qué. La conclusión obvia que sacas de examinar los hechos que ocurren tiene que ver con la ansiedad de los hombres de regresar al continente mientras que las mujeres toman enseguida la decisión de que tienen que vivir a pesar de que es el infierno”, afirma Restrepo. Mientras ellos luchan por perdurar, por ser recordados, las mujeres defienden una filosofía de que “hay que olvidarse de la Historia para poder afianzar la vida”.
Escribir en el exilio
Restrepo asegura que hacer el libro fue una manera de vincularse a México. “Uno en el exilio anda con el cuerpo en un lado y el alma por otro. La ansiedad por volver a tu patria se vuelve tan obsesiva que ni cuenta te das de donde estás viviendo. Llegó un momento en que me cansé de eso. Dije, ‘me voy a ligar a México’ y me voy a ligar de la manera que sé hacerlo, escribiendo”.
Agrega que le costó bastante sentirse a gusto y capaz de narrarla, pero no tanto identificarse e imaginar lo que pasaron los hombres, mujeres y niños que la protagonizaron. “Es una historia muy extraña, muy lejana, muy ajena, que al mismo tiempo era una historia propia”, señala.
Curiosamente se percató de que al narrar la situación de una guarnición de soldados y sus familias olvidados en una isla por la gente de su país, de alguna forma sintonizaba con sus vivencias de exiliada.
Recuerda que cualquier exilio “en todas partes es como una isla” al haber una comunidad que se aísla de las demás y renuncia a conocer una realidad porque tiene puesta el alma en el sitio que tuvo que dejar.
La escritora está feliz por haber vuelto estos días a México “en circunstancias más gratas, con más posibilidades de que el libro llegue a los lectores mexicanos”, para quienes lo escribió porque “rescatar tus libros anteriores es hasta más placentero que sacar uno nuevo”.
Reconoce que está novelando nuevamente y que no le asusta que el próximo trabajo pueda contar con menos popularidad y respaldo que recibió Delirio, la novela con la que ganó el Premio Alfaguara en 2004.
“Yo tengo la convicción de que uno al escribir no ha de competir con nadie, mucho menos contra sí mismo. Cada libro hay que gozarlo con lo que te traiga, con lo que la vida te pida que escribas sin pensar si va a ser mejor o peor”, añade.
Le emociona haber llegado a un público tan amplio con su anterior trabajo. “Si algo caracteriza a nuestra literatura (en español) es precisamente la diáspora (...) esa habilidad y posibilidad de movernos por ese continente de 400 millones de personas que constituye todo el mundo de habla hispana y de movernos por todo él como si estuviéramos en casa”, añade.
“Tal vez nunca como ahora eso se está dando, ese desplazamiento geográfico, cultural. Hay que aprovechar que viniendo de países tan distintos hay una hermandad profunda, de lengua, de alma”, añade.
Restrepo está convencida de que “los grupos nacionales en las letras hispánicas se están borrando” y lo que se ha impuesto es una literatura hispanoparlante única con varios escenarios nacionales propios con sus particularidades, “lo cual enriquece”.