Las cenizas del general Eloy Alfaro fueron traídas a Guayaquil el 14 de octubre de 1921 después de que una turba de quiteños contratados por los terratenientes (propietarios de grandes porciones de tierras) asesinaron al llamado Viejo Luchador en la cárcel de Quito, según el historiador Willington Paredes.
“Luego que le dispararon y le cortaron los testículos y la lengua, lo arrastraron hasta el parque El Ejido donde incineraron su cuerpo”, explica Paredes.
Su encarcelamiento se dio por una rebelión que propiciaron los seguidores de Alfaro contra Carlos Freile Zaldumbide, quien asumió la Presidencia de la República por la muerte natural de Vicente Estrada. Tras el asesinato que aconteció el 28 de enero de 1912, los familiares de Alfaro decidieron trasladar los restos a Guayaquil donde se construyó un mausoleo.
Paredes expresa que lo importante es rescatar el legado histórico que dejó Alfaro.
“No vale la pena enfrentar a los manabitas con los guayaquileños. El problema no es dónde estén los restos, sino en la proyección histórica que tiene este personaje en los habitantes. Su legado no está en las cenizas”.