Circulán en estos días dos nuevos poemarios de autores ecuatorianos, La casa del furor, publicado en el 2004, cuyo autor es Iván Carvajal y Sacra (2005) de Alexis Naranjo. Ambos se alinean en la poesía contemporánea.
Dos textos que nacen del silencio. De nada. Se construyen a sí mismos. Se imaginan a sí mismos. Cada una de las múltiples lecturas que exigen, conducen al secreto del lenguaje. A la luminosa oscuridad de la palabra, admirable rigor con la palabra. Condiciones que posee solamente una verdadera poesía.
La casa del furor se compone de cuatro libros. El primero y los dos últimos, concebidos como unidades, no tienen más anécdota que su propia existencia poética. Aluden a un “tú” que solo existe por obra del verso, hasta el libro cuarto donde se entabla el diálogo con el amante, o con la amante, porque los cuerpos se confunden hasta perderse el uno en el otro:
“Yo contigo me arrojo
por ese hueco oscuro
a través de la sangre
la médula
las cenizas”.
El libro cuarto transcurre en el tiempo de la ausencia de tiempo, en el deseo de que el tiempo sea una medida de sí mismo. Diecisiete poemas que van desde que “aún no arriba el día” hasta que “acá no arriba el día”.
Un tiempo detenido en un lugar detenido, o inexistente:
“Si levantaras esas cortinas
cuánto rumor de cuánta nada
golpearía en el vidrio”.
El segundo que da título al conjunto, La casa del furor, se abre con la mirada del poeta (del lector) sobre sí mismo: “He de saberme bárbaro/ instintivo”, para un diálogo ¿ancestral? traspasado por la traición, el ardor, la furia, la culpa, la condena.
El segundo apartado, es un conjunto de poemas, cada uno con su motivo (tal vez es la sección de la obra más poblada de motivos).
La poesía de Iván Carvajal, luego de ocho libros, es cada día más pura, más distante para buscar estar más cerca de sí misma. La angustiosa necesidad del “tú” que se diluye:
“La lluvia
encubre la deserción
acá no llega el alba
nada hay que valga tanto
como este hilo de hambre
que aquí nos ata”.
Su deseo de tocar “las profundidades ocultas del fondo del lenguaje” (en expresión del filósofo H-G. Gadamer), nos remite a la mayor poesía del siglo, a Stephan Mallarmé o Paul Celan.
Un secreto diálogo con la tradición y con el otro. Con ese tú, “solitario del siglo de la nada” al que el poeta convoca desde no sé qué cicatriz del lenguaje.
Un aliento oriental
Alexis Naranjo ha transitado un largo camino desde Profanaciones (1988) hasta Sacra. Desde los universos y los lenguajes densos, capaces de abarcar totalidades (“el alma a cuestas/ encorvada la testa en juncos pesarosa al/ impávido/ amortal”) hasta poemas recogidos en su libro más reciente, de cuerpos hechos de luz, transparentes. A momentos de una profundidad simple, como un “haikú” oriental:
“No estás
aunque bata
las puertas selladas
no estás
aunque selle
las puertas batientes”.
O en la página 53:
“Una sola vez volviste
sobre la fiebre
era tu sima”.
Cuando el verso se prolonga, no es porque se oscurece el sentido, sino porque la música le conduce al verso largo, como agua que fluye:
“irisado polen en tu piel mi sueño esparce:
al despertarme la brisa lo dispersa”.
Dividido en tres conjuntos separados por viñetas y titulados con números sencillos, todo el libro es un solo monólogo amoroso. Una sola línea levemente erótica.
De pronto, algo brota sorpresivo y desgarrado:
“lleva, te imploro, esta sed a las cisternas
arrópame en el rielar de las desdichas
mas no ahuyentes a la loba
que en mí afila sus colmillos
en gritos insepultos abrásame
escúchame en la sangradura de los ecos”.
Cinco libros de poesía preceden a este Sacra, que llega luego de siete años del último: La piel del tiempo (1998).
Sacra es un libro distinto. Con silencios. Hermoso. Poblado de ausencias: “no tengo alma sino sombra/ no tengo sombra sino silencio”.
Afirmar que estos dos libros, de Iván Carvajal y Alexis Naranjo, trazan el destino de la poesía contemporánea ecuatoriana, puede significar un error, pura retórica. Una expresión pretenciosa y académica. Una especie de lápida que los vuelve clásicos y los condena. Pero es posible presentirlos así: como dos libros que reconocen el camino. Un horizonte, tal vez.
“Todo poema verdadero (otra vez Gadamer) reconoce un dominio e instaura un nuevo dominio bajo la propia dinastía”.