Dayuma y Shirma Guayasamín, Miguel Varea y Marcelo Aguirre reflexionan sobre el hábitat selvático.
Cuatro artistas plásticos se han reunido para inaugurar las salas de la nueva sede de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), en Quito, con una reflexión conjunta sobre el mito amazónico.
Lo ha hecho cada uno desde su propia estética, lo que convierte a la exposición en una confrontación de miradas en torno a los mismos personajes de la selva: el reptil, el tigre, el puma, las hojas gigantes y los árboles que desbordan su propio cuerpo.
Se trata de Dayuma y Shirma Guayasamín, Miguel Varea y Marcelo Aguirre. No más de cuatro imágenes en gran tamaño y unos cuantos pequeños apuntes de cada uno de ellos, para una muestra de mucha calidad titulada Mitos.
Dayuma pone en el escenario un paisaje que se distancia del paisaje tradicional en cuanto no es una visión del espectáculo natural, sino una impresión desde el interior. El detalle del pincel atrae, imana, envuelve al espectador hasta que este se siente atrapado en la humedad del color de Dayuma. No hay un resquicio libre en el que la vista descanse, y la totalidad del cuadro es un solo momento de reposo. De equilibrio.
Shirma Guayasamín cuelga una espectral anaconda, de piel escamosa y oscura transparencia, a través de la impresionante propuesta realizada hace ya muchos meses, de cuerpos “de puro aliento” y sombra, trabajados en tela metálica. Aquí, la escamosa urdimbre de la piel de la anaconda cubre un cuerpo que es ante todo un sendero, una caída de agua, un descenso a la sima donde habita el mito: la cabeza de la anaconda.
Con las obras colgadas por Miguel Varea y Marcelo Aguirre “ocurre” algo. Hay un acontecimiento. Una confrontación más que un encuentro entre sus lenguajes estéticos y el motivo del mito. Son dos estéticas no para reconstruir una tercera, la de la selva, sino para trasladarla al propio espacio espiritual del artista.
Los tigres de Aguirre son los retratos humanos borronados por Aguirre a lo largo de su obra plástica. Los tigres, sin contexto alguno (con excepción del retrato del puma rodeado de un escenario de nube embravecida o caos mítico), brotados del blanco del papel, simulan jefes de alguna dinastía humana habitando el expresionismo de Aguirre. Son señores legendarios y no mamíferos carniceros que se confunden con la selva.
Miguel Varea narra (porque su rasgo delgado y profuso es como una abigarrada escritura) una leyenda escuchada, un mito contado por alguien llegado desde un lugar lejano. Su “serpienta” es un tríptico y una cartografía elaborada sobre el cuerpo de un reptil de fábula. Su inmovilidad es impresionante.
Es un viejo mapa animado, con una leyenda casi ilegible al pie, uno de esos textos dibujados por Varea en gran parte de sus obras (cuando no pinta el silencio, el silencio absoluto), que son a veces un enigmático comentario del artista frente a su propia creación.
Completan la exposición, los bocetos y obras en pequeño formato que dan testimonio del viaje de Dayuma, de Shirma, de Marcelo, por las tierras amazónicas del mito. Apuntes realistas, simples, como para ilustrar un libro de cuentos y leyendas.
Pero más allá de esta exposición colectiva, Dayuma Guayasamín presenta en el Centro Cultural Metropolitano una extensa muestra de sus obras más recientes, siempre en el límite entre lo popular y su crítica, entre el costumbrismo y una lectura original de la costumbre, entre lo sagrado y lo cotidiano. Tentando fronteras culturales para producir una pintura original, irónica.
Es un ritual, un retablo votivo, una evocación, cada uno de estos acrílicos sobre madera. Ex votos, retratos eróticos junto a cándidos floreros, repisas de anticuarios o de capillas, vitrinas de arte popular, puertas, pórticos, ventanas, fachadas adornadas como para una procesión festiva o un carnaval (fachadas pintadas, tal vez, para el festejo en una audiencia o virreinato colonial, por la coronación de algún Carlos, rey de España).
Desde su primera muestra, en 1978, Dayuma Guayasamín se ha mantenido tercamente dedicada a reconstruir, como si se tratase de una paciente labor de zurcido, los interiores de la realidad.