Pablo Mario Ansaldo y Gino Freire, disfrazados de policías, groseros, autoritarios, practican la más miserable de las comedias: para hacernos reír, esconden la cámara en una esquina y se dedican a abusar de los más pobres. En eso consiste el segmento ‘Los policómicos’, del programa ‘Noche a noche con Marián’.
“Si usted no tiene permiso para vender caramelos tiene que acompañarnos y va detenido, va preso. Tiene que cumplir con 25 días de cárcel”. Interpelado de este modo, el humilde caramelero, que nada entiende de la ley, que no conoce sus derechos y que, seguramente, ha sido abusado otras veces en parecidas circunstancias, baja la cabeza e implora clemencia: “es la primera vez que soy caramelero, sargento”, dice con voz temblorosa, al borde de las lágrimas. ¡Qué gracioso!
ANSALDO.- Bájese el pantalón para darle tres en la colita.
CARAMELERO.- No tengo calzoncillo...
ANSALDO.- Bájese el pantalón o va detenido.
CARAMELERO.- Pero por qué me van a bajar el pantalón si no he hecho nada. Me van a quedar viendo todos los señores.
En la humillación está el chiste. No hay derecho. Por eso estamos como estamos, pónganse a pensar. Un pueblo que no conoce sus derechos, baja la cabeza y es arriado a gritos por cualquier cretino. Es la tragedia del país, nuestra propia degradación convertida en comedia para el menú de frivolidades de la noche, entre la entrevista con Dalo Bucaram y la crítica del look de los famosos.
Después de todo, para eso están los desechables de la sociedad: para hacer de víctimas en el espectáculo del abuso de poder. Humor nazi, troglodita. Si por un momento Marián y sus amigos se detuvieran a reflexionar en las implicaciones simbólicas y políticas de sus babosadas, si se dieran cuenta del indigno papel que desempeñan en el proceso de embrutecimiento nacional, se les caería la cara de vergüenza.
Pero son demasiado fatuos para eso.