Domingo 13 de marzo del 2005 Letras y Notas

Julio Verne y las utopías del siglo XIX

En etse mes el mundo de la literatura recuerda los cien años de la muerte del escritor francés, que nació el 8 de febrero de 1828 y a los 11 años se escapó de su hogar e intentó enrolarse en la marina. Más tarde volvió a casa. Después de eso publicó más de 80 libros basados en su imaginación, que han sido traducidos a 112 idiomas.

El 24 de marzo de 1905, Francia sepultaba al más popular de sus escritores: Julio Verne. Difícilmente encontraremos un ciudadano de Occidente que no guarde en su memoria algo del imaginario científico de este escritor que se inició con Cinco semanas en globo en 1863 y en una prodigiosa seguidilla publicó Viaje al centro de la tierra (1864), De la tierra a la luna (1865), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) y La vuelta al mundo en ochenta días (1872).

Una sola obra se quedaría en el cajón de su editor, que la rechazó porque no encerraba novedad alguna: “París en el siglo XX”, finalmente publicada cerca de noventa años luego de ocurrida su muerte, en 1994, cuando lo allí narrado por el autor que anunció tantas veces el futuro,  ese mundo dominado por las cotizaciones de la bolsa y la acumulación financiera era ya algo corriente. Incluso una anticipación allí contenida que anunciaba la llegada del internet: el llamado “telégrafo fotográfico” que “permitía enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia”. París en el siglo XX era un relato pesimista en el que el protagonista, un poeta galardonado, no encuentra lugar en el mundo contemporáneo.

Pero en una época de utopías que le tocó vivir, el futuro anunciado por Julio Verne nunca respondió al intento por trazar una utopía. H. G. Wells, nacido algo más de una década después de Verne, autor de La máquina del tiempo (1895), La guerra de los mundos (1898) o Los primeros hombres en la luna (1901), establecía esa diferencia entre anticipación y utopía.

Wells –nos cuenta Jorge Luis Borges– consideraba que sus sueños, a diferencia de las anticipaciones de Verne, no se realizarían. Pero al igual que Wells, o que el Melville de Moby Dick, Verne creó también personajes que encarnaban la utopía, como el capitán Nemo (nadie) de Veinte mil leguas de viaje submarino.

Anticipación y utopía darían como fruto las dos tendencias que marcan el siglo que apenas alcanzó a entrever Julio Verne: la ciencia y el socialismo. Y colocados en esos dos extremos, sus profetas han sido, durante el siglo, los autores más leídos: Karl Marx y Julio Verne.

Pero Verne, por su parte, no comulgó con las profecías de un mundo social fundado en la revolución y la soñada justicia económica y política. Cuando irrumpió en política en Francia, lo hizo frecuentemente colocándose en el bando de las derechas.

Este novelista comenzó su aventura cuando intentó enrolarse como grumete y marino, a la edad de once años. Obligado por su padre, sigue una inútil carrera de derecho que culmina en 1850. Pasa algo más de una década dedicado al teatro y las operetas y ejerciendo como corredor de bolsa en París, para sobrevivir, hasta que un relato de aventuras en África se convierte en su Cinco semanas en globo, novela que alcanza de inmediato un estrepitoso éxito. Verne tiene 36 años. Y el resto de su vida, es una inagotable producción de títulos, en el marco de un contrato con su único editor, P.J. Hetzel, por el cual el novelista debía producir dos relatos por año.

Creador de cerca de 80 fantasías, no solo autor de libros de anticipación. Algunos de sus relatos de aventuras formaron, durante el siglo XX, parte obligada de las lecturas juveniles: Los hijos del capitán Grant (1868), La isla misteriosa (1875), Miguel Strogoff (1876), Un capitán de quince años (1878).

Las biografías de Julio Verne insisten en la fábula de su literatura y ponen poca atención en lo que fue su trágica vida privada. Una de ellas nos cuenta lo ocurrido:

“Pese a todo, la vida de Verne no fue fácil. Por un lado su dedicación al trabajo minó hasta tal punto su salud que durante toda su vida sufrió ataques de parálisis. Por si esto fuera poco, era diabético y acabó por perder vista y oído. Su hijo Michael le dio los mismos problemas que él, por su parte, había proporcionado a su padre y, desgracia entre las desgracias, sufrió una agresión por parte de uno de sus sobrinos, que le disparó un tiro a quemarropa dejándolo cojo. Su vida marital tampoco fue todo lo feliz que él hubiera deseado, y es comúnmente admitido por todos sus biógrafos que mantuvo un matrimonio paralelo con una misteriosa dama, que solo acabó cuando esta murió.

Cuando ocurrió su multitudinario sepelio, Verne ya era el mimado del poder en Francia.

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