Domingo 27 de febrero del 2005 Letras y Notas

Con Cabrera Infante la literatura fue una jerga nocturna

Foto: AFP | Texto: Javier Ponce

El escritor cubano, Premio Cervantes de Literatura 1997, dejó como legado una literatura en la que el juego de las palabras era el protagonista y el argumento. El autor de Tres tristes tigres encontró en el exilio la fuerza creadora que sostuvo su obra.

Con la muerte de Guillermo Cabrera Infante se cierra una generación de escritores cubanos que, luego de participar en la revolución de 1959, optaron por el exilio. Junto a Cabrera podrían estar Severo Sarduy, Reynaldo Arenas o Lydia Cabrera.

Después, comienza la generación de los que nacieron o eran niños al ingreso de Fidel Castro a La Habana: Zoe Valdés o Zenel Paz.

Pero también con la desaparición de Cabrera Infante queda atrás una literatura latinoamericana en la que el juego de las palabras era el protagonista y el argumento.

“El libro está escrito en cubano, es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba”, afirmaba este autor en la portadilla de su Tres tristes tigres.

Quizás el mayor de esos dialectos era el inglés, y Tres tristes tigres se abre en el escenario del Tropicana como un libro bilingüe, que con el paso de las páginas será trilingüe o infinitamente coloquial, para que la literatura sea el espacio entrañable de su fusión. Para que la literatura sea como una noche habanera, una “jerga nocturna”.

Cabrera Infante nació en abril de 1929 en la provincia cubana de Oriente. Llegó a La Habana de la mano de su padre, comunista, dirigió el primer suplemento cultural de la revolución, pero se exilió en 1965 para convertirse en un intransigente crítico de Castro. Vivió cuarenta años en Londres y recibió el Premio Cervantes en 1997.

Pero el exilio sería, como en tantos otros, la fuerza creadora que sostuvo su literatura. Allí dio fin a Tres tristes tigres (1965), que podría estar entre las diez novelas que transformaron la literatura latinoamericana; y también esa nostalgia erótica, oscura y lúcida, La Habana para un infante difunto.

Su primer libro se editó en Cuba en 1960: Así en la paz como en la guerra. Y más tarde vendrían Vista del amanecer en el trópico (1974), Holly Smoke (1986), Delito por bailar el chachachá (1995); además de un ensayo, Exorcismos de esti(l)o (1976) y tres textos sobre su otra pasión, el cine (salpicado de política y de literatura): Mea Cuba (1993), Un oficio del siglo XX y Arcadia todas las noches.

Cerrará su historia literaria con el retorno a un personaje, mezcla de humanidad y de divinidad, extraño y enorme “con dos piernas como dos columnas” y una voz que resume todo lo terrenal y lo posible, de quien casi nadie se acuerda: la cantante cubana Freddy, a quien evocó en Tres tristes tigres y ofreció un homenaje en el último libro de relatos: Ella cantaba boleros (1996).

“La escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo”, afirma Cabrera Infante, para resumir en una frase su convivencia con el lenguaje. Y es precisamente el libro en el que expresa toda su opción por la palabra atrapada al vuelo, el que más ama el autor, Exorcismos de esti(l)o:

“Un vasto campo de juego. Tal vez Exorcismo de esti(l)o porque ahí llevé el lenguaje cubano y el juego a extremos que nadie había hecho antes en español”.

Sobre Cabrera, el poeta español Luis Antonio de Villena, escribe: “Cuando uno veía por vez primera a Guillermo, se encontraba ante un señor moreno y con gafas, con barbita y perilla ya algo canas, y serio, aparentemente muy serio. Pero en cuanto la conversación, entre amigos, entraba en materia cordial, aquella seriedad que nunca dejaba de parecerlo, se volvía un flujo zumbón de palabras e historietas, llamadas a magia y a fábula, que te inundaba de retruécanos, de chispa, y de una gozosa propensión erótica y aun truculenta”.

Cabrera escribió poco. Los últimos ocho años, nada de ficción. Y se quedó pendiente un texto que, tal vez, podría haberse llamado La ninfa inconstante. Así lo anunció el autor en declaraciones ocurridas algunos meses antes de su muerte. Estaba escrito el comienzo y el final, estaba resuelta la acción, faltaba el inmenso juego de palabras que alimentarían el cuerpo del libro que debía transcurrir en un tiempo en el que se congeló buena parte de su literatura: los años cincuenta en La Habana.

“Como acostumbro a hacer, tengo escrito el final y, por supuesto, el comienzo del libro, pero tengo una enorme cantidad de notas para poner en el medio y eso es lo que me falta, componer el cuerpo del libro. Porque teniendo el final o teniendo el principio, parecería más fácil, pero en realidad me falta mucho todavía, para alcanzar la corporeidad del relato. Es un libro que ocurre en La Habana, como todos mis libros que tienen un contenido de ficción, aunque están basados en personajes reales o en ocurrencias reales”.

Cabrera Infante, que nunca salió de las noches de Cuba, de los barrios de Cuba, que recorrió por sus calles desde su exilio de Londres, ¿volverá una vez muerto?

Un escritor oficial, Roberto Fernández Retamar, afirmó en cierta ocasión que si Cabrera Infante, hasta ahora prohibido en Cuba, moría, habría que pensar si era posible publicarlo en la isla.

¿No estaba seguro, acaso, de lo que podría producir ese lenguaje sin límites, tanta evocación de la magia?

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