En algunas ocasiones he tratado en este mismo espacio el tema del periodismo palanca, aquel que florece principalmente en los llamados noticiarios “de la comunidad” y consiste en interponer las influencias y los buenos oficios del periodista (hacer de palanca, más claro) para obtener de favor aquello que las autoridades debieran dar por obligación y sin intermediación alguna: un semáforo, un patrullero, un paso peatonal, un parque limpio…
El caso es que ninguna palanca funciona sin un punto de apoyo y esta no podía ser la excepción. El punto de apoyo del periodista palanca es el telepolicía. Se es telepolicía de la misma manera como se es telepredicador, telepolítico o televendedor: personas, todas ellas, que trabajan en la televisión no para educarnos, informarnos o entretenernos (como debe hacer la televisión, según dicen las fábulas), sino que simplemente trabajan.
El telepolicía estrella de la patria es el capitán Juan Zapata. Ha sido filmado casi a diario en innumerables esquinas de Quito, colocando semáforos, removiendo obstáculos, atendiendo reclamos ciudadanos con una eficiencia que les garantiza, a él y a los varios canales en los que actúa, un alto rating y un considerable grupo de seguidores. Es muy útil el capitán Zapata. Puede ayudarle a solucionar los problemas de su barrio. Para llegar a él, solo tiene que contactar con Santiago Naranjo o con Bernardo Abad. El capitán Zapata irá adonde ellos manden, seguido de cámaras y micrófonos, a poner el orden.
Ayer no se daba abasto. Naranjo ya lo tenía ante las cámaras, pero Abad lo tenía en el teléfono. Zapata se multiplicaba. “Perfecto, Bernardo, sin ningún inconveniente, siempre a las órdenes”, dijo. Así, sin que le tiemble la voz: “Siempre a las órdenes”. Semejantes aberraciones se escuchan a diario en la televisión sin que nadie se sorprenda. En realidad, ya todos nos dimos cuenta de que la eficiente aquí no es la Policía, sino la televisión.