Domingo 20 de febrero del 2005 Letras y Notas

‘Elizabeth Costello’, el mal como telón de fondo

Foto: Archivo | Texto: Javier Ponce

El Premio Nobel de Literatura 2003, J.M. Coetze,  presenta su nueva novela ‘Elizabeth Costello’ en la que narra, en siete conferencias, la vida de la escritora de ese nombre. El lector desearía quedarse en cada frase de Coetze.

Generalmente una novela cuenta una historia. O varias historias. En el caso de “Elizabeth Costello”, novela de J. M. Coetze, cada capítulo comienza donde la historia ha acabado. Donde las relaciones humanas se han agotado. Y todo ello con una desoladora evocación de fondo: la situación humana en los campos de concentración de la Alemania de Hitler.

Coetze es un escritor sudafricano que ganó el Premio Nobel en el 2003, y de quien afirmó Mario Vargas Llosa que es “uno de los mejores novelistas vivos y no digo el mejor porque, para hacer una afirmación semejante, habría que haberlos leído a todos”. Nació en Ciudad del Cabo en 1940 y se inició en la literatura con “Dusklands” en 1974, a la que siguió “En medio de ninguna parte” (1977), “Esperando a los bárbaros” (1980), “Vida y época de Michael K.” (1983), “Foe” (1986), “La edad de hierro” (1990), “El maestro de Petersburgo” (1994), “Desgracia” (1999), “Infancia” (2000), “Juventud” (2002) y “Elizabeth Costello” (2003), traducida al español al año siguiente.

“Elizabeth Costello” narra la situación vivida por una escritora de ese nombre, en siete conferencias que se constituyen en siete equívocos. Para finalmente enfrentar la última de las situaciones: la situación kafkiana de intentar traspasar una puerta a la que, ella, desencantada en extremo, no puede llegar mientras no firme una declaración de fe.

Novela en la que cada conferencia tiene una estrecha relación con el estado de alma de la escritora. La primera, sobre la inutilidad de la literatura en el marco de ganar un premio literario de segundo orden.

La segunda sobre el futuro de la novela en el marco insólito de un crucero de descanso al que Costello está invitada para entretener a viajeros jubilados. La tercera sobre la crueldad de los humanos con los animales, una crueldad que reproduce el llamado “Holocausto” judío, dictada en una universidad cualquiera de Estados Unidos en un programa rutinario de conferencias. La cuarta, nuevamente sobre la crueldad con los animales, hasta exasperar al auditorio que asiste a la charla. (“A los animales solo les queda el silencio para enfrentarse con nosotros”).

La quinta, un desolador episodio en compañía de una hermana en un país de África, hablando del humanismo (Y la mujer desnudándose frente al anciano que agoniza para que mire sus senos, nada más, en un acto de caridad última, un regalo de cumpleaños, porque “un regalo de despedida sería un calificativo demasiado siniestro”). La sexta, disertando en Amsterdam sobre el mal que llevado al extremo, desemboca en la banalidad. Y la séptima en una gira organizada por el Servicio de Información de los Estados Unidos.

Todos los escenarios, grises, burocráticos, indiferentes. Son los escenarios por los que transitan los escritores de oficio: aulas universitarias, premios de cualquier índole, entretenimiento de gentes que buscan en la literatura el ocio. Y Elizabeth Costello reviviendo en esos escenarios las relaciones perdidas con un novelista africano, con un hijo, con una hermana, con un escritor que revive las crueldades de Hitler torturando y asesinando en un sótano a los conspiradores que intentaron su muerte en 1944, con un poeta de salón, con un funcionario congelado tras de su escritorio pidiéndole que llene un formulario declarando su fe antes de cruzar una puerta que no se sabe adónde lleva.

En los hoteles, en los banquetes, en las salas de conferencias, Elizabeth Costello es una extraña entre extraños. Cada episodio marca un mayor deterioro, una mayor angustia, una creciente desolación. Y tal vez este proceso ascendente es lo único que en realidad pasa en la novela de Coetze.

Javier Marías afirma que el lector desearía quedarse en cada frase de Coetze. En verdad, en un lenguaje cáustico, duramente concreto, reside la fuerza de esta literatura. Las descripciones congelan la historia de los personajes, los pintan sin ambages:

“La mujer se encoge de hombros. Ahora Elizabeth ve que tiene el pelo teñido. Cuarenta como mínimo, probablemente con una familia que mantener, uno de esos hogares rusos con una madre paralítica, un marido que bebe demasiado y le pega, un hijo holgazán y una hija con la cabeza afeitada y que se pinta los labios de morado. Una mujer que sabe cantar un poco pero que un día de estos, estará para el arrastre”.

“Él detiene el coche en la cuneta, apaga el motor y abraza a su madre. Inhala el olor a crema limpiadora y a carne vieja”. Cuando alguna luz se prende es solamente un espejismo. Cuando desearía amar a alguien, nada ocurre. “Entre ellos tendría que pasar algo, repentino como un relámpago, algo que a ella le iluminara el paisaje, aunque después regresara a su oscuridad natal. Pero el pasillo parece estar vacío”. Finalmente, la escritura como la posibilidad de salvarse los unos a los otros. Sin embargo, “mientras nos ahogamos, escribimos sobre nuestros destinos separados”.

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