El Coronel sigue gastando nuestra plata en campañas mediáticas destinadas a contarnos lo bien que nos está gobernando y lo malos que son sus enemigos. Antes, sabíamos que el pantallazo oficial caía los lunes a las ocho y media.
Hoy, nos puede sorprender en cualquier momento.
Propagandas y cadenas, cadenas y propagandas, propagandas largas que parecen cadenas, cadenas cortas que parecen propagandas, mensajes, anuncios, video clips... En 25 años de gobiernos que han usado y abusado de la televisión de todas las maneras posibles, no había visto nada parecido.
Jingle por delante (“Ecuador, Ecuador, escucho tu voz”), aparece el Coronel estrechando manos y repartiendo arroz (literal), mientras un locutor muy serio dice aquello de devolver al pueblo sus riquezas. Luego, lo vemos fundirse con la multitud (no sé cuántos extras) y suena un hiperbólico poema a la dignidad del Soberano, pieza de deliciosa solemnidad paraliteraria que bien merece concluir con un “solo nos queda Barcelona”.
Esta campaña de comunicación no parece la de un Presidente de la República, sino la de un candidato a concejal. Del PRE, por más señas. Porque, y esa es otra, ¿han notado el estilacho? ¿Visitaron Panamá los comunicólogos de Carondelet o viceversa? No sé a ustedes; a mí, esos llamados a la unidad popular antioligárquica me suenan careconocidos, como dice un amigo mío de 7 años. Y también el hecho de que la mayor parte de la campaña esté dedicada a hacer propaganda negativa de los enemigos del régimen.
Así, por la cara, el Coronel está gastando nuestra plata en una campaña de comunicación pública que no tiene nada que ver con el interés público. Una campaña destinada a desprestigiar a la oposición, su último argumento (bueno, también está la intimidación, pero esa le sale gratis), y a promover su candidatura a concejal de... ¿dónde fue que estuvo en la última cadena? Patate, eso. O lo que fuera.