Creíamos haber comprado un televisor, ese artefacto que sirve para introducirnos en el embrutecedor consumo compulsivo del entretenimiento desechable y la información entretenida. Pero no: el aparato que trajimos a casa es un letrero luminoso, una valla electrónica como las que vemos en los estadios o, peor aún, un generador de caracteres de los que se usan en las barras de ciertos antros para poner a la clientela al tanto de los precios: *** cerveza $ 2 *** Cuba libre $ 4 *** whisky $ 6 ***.
Ocurre que los canales descubrieron un negocio distinto al de la televisión y decidieron invertir en él una porción de su pantalla (perdón: de la nuestra). Me refiero al negocio de la mensajería telefónica. Hoy, el televidente puede elegir (oh maravillas del libre mercado) entre prestar atención al programa que dice estar viendo o sumergirse en la lectura de los mensajes que circulan por abajo: *** jessica tqm 100pre firma wilmer *** al chico + dulce sabes q t quiero como amigo sonrie :) sandra ***. Es mejor que asistir a las indecisiones de Erik Estrada en Dos mujeres, un camino, sin duda, pero no es televisión. Es… ¡teléfono!
Precisamente el mismo canal que incurre en la audacia de repetir Dos mujeres, un camino a estas alturas del partido, es el más agresivo a la hora de usurpar nuestro televisor con su mensajería. Canal Uno dedica a este negocio, exactamente, la cuarta parte de la pantalla. Durante horas. Una enorme franja con los colores del canal y un desopilante diseño con estrellitas conforman la horrenda parafernalia gráfica que nos impide ver las piernas de Laura León.
Qué tomadura de pelo. Qué timo. Si compramos un televisor y le dedicamos las horas más preciosas de nuestros días, es porque queremos ver televisión, no teléfono. ¡Queremos ser embrutecidos por auténticos profesionales del ramo, no por diletantes que igual se dedican a la TV que a la mensajería celular o al diseño de vallas! ¡Y en nuestra propia pantalla! Canal Tres Cuartos y no Canal Uno, se debería llamar.