Los ‘Buenos muchachos’ son unos personajes tan llenos de arrogancia como huérfanos de imaginación (no hay una sola idea original en su programa), por no hablar de sus limitadísimos recursos verbales (lo cual va siendo costumbre en la TV) y su exquisito mal gusto. No valdría la pena ocuparse de ellos de no ser por un detalle: son especialistas en el arte de la calumnia solapada.
Esta semana, por ejemplo, agarraron a los conductores de un programa de la competencia y, durante cosa de siete minutos, se dedicaron a desprestigiarlos moralmente. Dijeron, por ejemplo, que uno de ellos, en 1995, pagó 90 dólares al hijo de un periodista para sodomizarlo; que otro tiene una agencia de modelaje en la que cuidado vaya a poner a sus hijas, señora, porque puede ser que las pongan a modelar “no precisamente en una pasarela”; que son tan pervertidos que “se meten hasta con menores”, porque “a mí me consta” que ese muchacho feo y mal vestido “ha tenido ciertos problemitas por ahí”. Así, siete minutos.
Las imágenes de los aludidos aparecían en pantalla, veladas pero completamente reconocibles. Los ‘Buenos muchachos’ nunca dijeron sus nombres, nunca mencionaron a su canal ni a su programa. Si alguien decide enjuiciarlos podrán alegar que ellos no calumniaron a nadie, que hablaban de otro, de un enemigo imaginario. Embarrar el honor del prójimo y levantar una cortina de humo es una cobardía y una canallada.
La existencia de ‘Buenos muchachos’ es, para Gamavisión, un desprestigio ético del que sus directivos no parecen estar conscientes. ¿Para qué sirven instituciones como la Asociación de Canales, si resulta que cualquier día uno de los asociados abre un espacio para echar estiércol sobre los otros y aquí no ha pasado nada? Por mi parte, me reservo el derecho a creer, mientras Gamavisión no me demuestre lo contrario, que el canal conserva a los ‘Buenos muchachos’ porque son sus francotiradores para las campañas sucias.