martes 11 de enero del 2005 Columnistas

La solidaridad y otros milagros

El cataclismo sucedido en el sureste asiático ha conmovido al mundo entero. La respuesta ha sido inmediata y eficaz. Aunque la indiscutible generosidad de las donaciones resulta inferior a los requerimientos. Tanto las naciones del ultradesarrollo como las subdesarrolladas han abierto las manos para entregar ayuda en alimentos, medicinas, agua y toda clase de vituallas. Han comprendido que toda ayuda que se brinda puede alimentar, abrigar o curar a una víctima de la catástrofe o a un millar de ellas.

Conforta el alma observar que dirigentes espirituales de las religiones más diversas han dejado de lado toda diferencia para unirse a la ayuda general a los incontables damnificados. Destaco los pronunciamientos del papa Juan Pablo II, quien ha relevado que no se trata de un “hoy por ti y mañana por mí”, sino de hacer propia la desgracia sin esperar retribución alguna para hoy, mañana o el futuro. No se trata solo de un acto de caridad sino de solidaridad. Las ciudades arrasadas por el tsunami son también las nuestras. La niña y la vieja y la madre y los jóvenes y los padres heridos, los hambrientos y los muertos pertenecen a la familia de cada uno de nosotros.

Interpretando eso, la Iglesia Católica ha resuelto adelantar su colecta Munera que realiza anualmente a favor de los pueblos más pobres, y dedicar sus fondos que recauda en ayuda de los afectados por el maremoto. De modo que el domingo 16 tendrá lugar la colecta en las iglesias del Ecuador. Tengo la esperanza de que el Gobierno habrá dado la donación respectiva para los pueblos en desgracia.

Países chicos y grandes, ricos y pobres están demostrando su sensibilidad en el trance que vive el sureste asiático. Los ocho países más ricos estudian las posibilidades de congelar o condonar las deudas de los países devastados.
“Obras son amores y no buenas razones”. Por su parte, la Cruz Roja del Guayas ha efectuado dos envíos de ropa y medicinas, sumándose a la campaña de ayuda humanitaria.

Como suele ocurrir en cataclismos de este tipo, los más perjudicados en este caso son los niños, víctimas de las epidemias, la soledad y hasta de la agresión de adultos que ven en ellos la calidad de mercancía y el objeto de violaciones.

Carol Bellamy, directora de la Unicef, organismo de las Naciones Unidas para velar por los derechos de los niños, ha dicho que: “Es difícil imaginar el miedo, la confusión y la desesperación de los niños que vieron su mundo desaparecer con las enormes olas”.  Añadió que es enorme la desolación de padres que se acercaban al mar con la esperanza de encontrar a sus pequeños. “Creen que los niños están vivos y que el mar los devolverá algún día”.

Tienen mucha razón los sociólogos, psicólogos y psiquiatras al expresar que la vida entera de ellos será un reflejo de los traumas de tan funesto cataclismo.

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