Domingo 09 de enero del 2005 Letras y Notas

El caballero andante más humano

Foto: Archivo | Texto: Javier Ponce

Este año se celebra el IV centenario de la publicación de El Quijote de la Mancha. ¿A quién representaba aquel personaje? Un análisis de la figura en la que Miguel de Cervantes se centró para su obra más trascendental.

¿Eran todos los caballeros andantes, enjutos de rostro y secos de carnes, lectores de libros de caballería hasta perder el juicio y salían a sus aventuras con una celada de cartón reforzada con hierros? ¿Juraron sus armas en alguna fonda del camino y tenían una labriega como dueña de sus corazones?

No precisamente.

Un caballero andante era de origen noble y en el castillo de sus padres aprendía el manejo de las armas. Debía honrar a todas las damas y ayudarlas en la necesidad. Los viernes ayunaba, en memoria de los sufrimientos de Cristo. Era armado caballero en la capilla del castillo.

Tirante el Blanco, por ejemplo, que apareció como el primer caballero andante de España en 1490, era nieto del Duque de Bretaña y llegó a ser príncipe en el reino de Grecia, tras derrotar a los turcos. Y Lanzartote del Lago, nacido en Bayona, fue hijo del rey Ban de Benwick y padre de sir Galahad, y en su escudo se veían dos leopardos; su nobleza era proverbial, era caballero muy temido pero atrapado entre el amor y el deber.

Amadis de Gaula, que salió a la luz cerca de cien años antes de El Quijote, tenía como dama a la princesa Oriana, hijo de reyes, y como escudero un noble. Mientras tanto, el Quijote era un hidalgo que gastaba gran parte de su fortuna en “una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes...”

Para la época de Amadis, aún existían los gigantes, que al desaparecer, serían reemplazados por molinos de viento. Y las aventuras de Amadis de Gaula o de Tirante el Blanco por las lejana África en pos de liberar a Jerusalén de manos de los infieles, se reemplazarán en la narración de Cervantes por simples vueltas en redondo por tierras de Montiel.

Mientras el Quijote intentará liberar a unos peregrinos confundiéndolos con desamparados prisioneros, Tirante el Blanco liberará en Alejandría a nada menos que 473 cautivos y acabará enamorado de la hija del emperador de Constantinopla, la infanta Carmesina.

Amadis de Gaula nunca muere, porque, como declaró AngeIram, hijo del conde de San Pablo, muerto en batalla y que reapareció ante Anselmo de Ribaumont, conde de Buchair, “debéis saber que los que combaten por Jesucristo no mueren jamás”.

En cambio, el ingenioso hidalgo de La Mancha muere en una cama, arrepentido de todas sus aventuras pasadas.

Era, por tanto, la parodia del caballero andante.

Vencida la noche medieval y todo su universo mágico encerrado en los castillos y en las legendarias luchas por recuperar el Santo Grial (copón con el que Jesucristo conmemoró la última cena), a Don Quijote le tocará, confiando exclusivamente en su lúcida locura y en la fuerza de su sinrazón, reconstruir castillos, damas encantadas, nuevos magos y nuevas cruzadas. Era humano. Demasiado humano.

Paródica evocación de leyendas
La novela de caballería llegó tardíamente a España, cuando solo la leyenda hablaba del castillo de Camelot. Habían desaparecido los caballeros que allí reunió en torno a una mesa redonda –evocación del mundo como una esfera– el rey Arturo; quien a su vez fue concebido por la esposa del duque de Gorlois en un desliz amoroso con el rey britano Pendragón, infidelidad facilitada por las artes mágicas de Merlín, que también ya era una inofensiva leyenda.

Ricardo Corazón de León, inspirador de caballeros andantes, que perdió el reinado a manos de su hermano Juan sin Tierra, ya lo había recuperado y vuelto a perder con su muerte.

Los caballeros andantes eran cosa del pasado medieval y Europa se asomaba al Renacimiento.

Sin embargo, en España, Felipe II reinstauraba la vigencia de los caballeros andantes como una práctica festiva para mantener vivo el espíritu guerrero en los ciudadanos, lo que explicará la participación de Don Quijote en una lid caballeresca en Barcelona.

Pero más temprano aún, los caballeros andantes ya existieron, y hay quienes establecen su origen en tierras de la India, o inspirados en Hércules.

Se cuenta que bajo la dinastía Chou (770-221 a.C.), durante el periodo de las guerras feudales en China y mientras el hierro comenzaba a sustituir al bronce en la fabricación de armas, los ambiciosos señores feudales formaron sus propios reinos independientes y autónomos. En ese contexto, algunos viejos guerreros y campesinos empobrecidos se convirtieron en caballeros andantes, ofreciendo sus servicios a los señores feudales, pero no por ello considerados como mercenarios, sino exponiéndose a la muerte por otros sin pensar en salvarse ellos mismos, según cuenta el historiador Ssu-ma.

Otro autor, J. Y. Liu, afirma que el caballero andante chino “es una manifestación del espíritu de revuelta e inconformismo de la sociedad china tradicional, que a veces está aletargado y otras sale a la superficie. Es muy probable que los ideales de los caballeros andantes hayan inspirado los códigos morales de sociedades secretas de tipo subversivo”. Por tanto, nuestro Quijote podría estar, incluso, más cerca de los utópicos y subversivos chinos que de los ambiciosos y nobles caballeros de las cruzadas.

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