Alcancé a sacar adelante a mis tres niños con el sucre. Mi hijo ahora es padre, pero con esta moneda creo que solo se quedará con uno, porque son otros tiempos.
Levantó su casa al pie del estero, en la isla Trinitaria, con dos millones de sucres. Fue a mediados de los noventa, cumplía su sueño de tener un techo para Ana, Ángel y Verónica Valencia (sus hijos) por el que lavó platos, ropa y limpió para guardar lo poco que le quedaba de los diez mil sucres que ganaba a la semana.
En su familia eran cinco, aún no se había ido su marido, y él se encargaba de la educación de los chicos.
Ángela Vernaza hoy tiene 48 años y sigue limpiando casas. Su nivel de vida no ha variado mucho, solo que ahora el agua no la compra a tanqueros, sino que le llega por tubería.
Hace dos años echó abajo su sueño: su casa estaba construida en tierra destinada para una calle y tuvo que retroceder un par de metros para reconstruirla. Esta vez con dólares. “Eso fue más fregado que la primera vez: cada caña costó 50 centavos”. Para entonces la moneda ya había cambiado y el salario de Ángela se había transformado en 15 dólares semanales.
Su familia también había cambiado. Su pareja ya no estaba: se fue. Su hija mayor tampoco: se casó.
Su hijo Ángel, de 25 años, estaba casado y con un hijo, y aunque ya no tiene un trabajo estable de 8 horas, el último lo tuvo antes de la dolarización en un taller de reparación de equipos –desde entonces lo contratan por dos o tres meses–; destinó gran parte de los $ 120 de sueldo para reedificar la vivienda. Entonces, no hubo carne ni pollo en la alimentación por semanas.
La casa hoy está pintada de color verde limón, al gusto de Paúl, el pequeño de la casa, quien seguirá siendo hijo único hasta que Ángel vuelva a conseguir un empleo estable porque “no hay para más hijos”. En una semana se terminará su contrato y le preocupa que no le salga otro pronto.
Esa preocupación, en cambio, se fue con el sucre para los Valdiviezo Troya, al menos para el jefe de casa: Galo, 49 años. Su negocio de venta de artículos de belleza en la Bahía es más estable. Se acabó para él la zozobra de ir a las distribuidoras por una caja de champús con 60 mil sucres y que no le alcance porque de un día para otro subía a 70 mil, 80 mil, cien mil...
No puede quejarse de las ventas. Si antes del 2000 se hacía el equivalente de 200 dólares un 24 de diciembre, ahora vende hasta 400. Eso le permite seguir pagando la educación de sus hijos: Juan Carlos, el mayor, está en la universidad y no tiene necesidad de trabajar, y Galo y Jorge Luis estudian en un colegio particular, en la tarde “porque así cuesta menos la pensión”. Su esposa, Elba, dejó de comprar los alimentos por libras. Con diez centavos consigue dos cabezas de cebolla que las hace alcanzar para almuerzo y merienda, pero “estamos bien y juntos, que es lo más importante”.