Han transcurrido más de 70 años desde que se hicieron las primeras investigaciones sobre la prevalencia del bocio y el cretinismo en poblaciones de la Sierra.
El doctor Manuel Villacís encontró en Mulaló (provincia de León, hoy Cotopaxi) que el 44% de los habitantes adolecía de estos graves estados patológicos. El doctor Julio Enrique Paredes, en una investigación más amplia entre habitantes de varios sitios de la provincia de Pichincha e Imbabura, encontró que el bocio afectaba al 70% de ellos y en escuelas, hasta el 100% de niños eran bociosos. El doctor Pablo Arturo Suárez no solo que confirmó la alta prevalencia del bocio en otros caseríos de Pichincha y Tungurahua sino que investigó el precario estado nutricional de los bociosos. Los dos últimos investigadores fueron más tarde rectores de la Universidad Central.
Entonces se pensó ya que el bocio y el cretinismo eran consecuencia de la carencia de algunas sustancias –ahora llamadas micronutrientes–, entre ellas y de modo decisivo, el yodo.
El doctor Suárez, que tuvo la oportunidad de examinar a pacientes de tres generaciones sucesivas, hasta creyó que había algún factor genético o racial, pues de los que habían llegado a esos sitios y habitaban allí por pocos años ninguno era bocioso. Las investigaciones posteriores probaron fehacientemente que el déficit del yodo era la causa fundamental del cretinismo y el bocio.
Se inició entonces una larga campaña de concienciación por parte de los doctores José Varea y Rodrigo Fierro, para que se yodice la sal y se apruebe una ley que vuelva obligatorio dicho requisito.
Hay mucha razón para que cunda en el país el temor de que se vuelva a épocas ya superadas y se deje de consumir sal yodada. Que se eviten monopolios, que se eviten favoritismos, todo lo que se quiera, pero de ningún modo volvamos a consumir sal que no sea yodada.
Otro aspecto que es indispensable que se conozca es que el yodo, en la pequeña proporción que requiere el feto, si la madre embarazada no puede cederle lo indispensable, no se desarrolla normalmente el cerebro de este y, con un grado mayor de deficiencia de yodo, nace un pobre niño cretino.
El doctor Rodrigo Fierro demostró que si se inyecta a la madre embarazada y deficiente en tal elemento aceite yodado, el niño nace normal y se asegura su crecimiento y desarrollo normales.
Estos resultados comprueban que el cretinismo y el bocio no dependen de la raza ni del factor genético sino de la deficiencia en yodo. Desde luego esto no era posible demostrar en la época del doctor Suárez, pero hoy debe alertarnos a que sobre todo la madre pobre, desnutrida y con déficit de yodo debe ser atendida convenientemente para evitarle la tragedia de dar a luz un hijo cretino.