¿La fecha más importante del 2004 para la televisión nacional? 10 de mayo. Ese día entró en vigor la tregua política que rigió mientras las candidatas a Miss Universo se hallaban en el Ecuador. Durante veinte días, el Congreso silenció sus intenciones de destituir al Presidente y la Conaie dejó de amenazar con levantamientos. En sus comparecencias televisivas, políticos de todas las tendencias afirmaban su voluntad de respetar el alto al fuego, pero para ninguno de ellos estaba claro quién lo había decretado. Que fue la oposición, decía el Gobierno; que el Gobierno, decía la oposición. Nones. La tregua política por Miss Universo fue propuesta, convocada y decretada por la televisión, no por los políticos.
Miss Universo es un acontecimiento social, es decir, una fiesta de lujo para el disfrute del jet set, y una oportunidad para hacer negocios con uno de los hombres más ricos del mundo: Donald Trump, propietario de la franquicia. Cada año, Trump vende la marca Miss Universo al mejor postor.
Sus clientes habituales son las élites tercermundistas, capaces de comprometer en esa transacción grandes sumas de dinero de los contribuyentes. Para justificar la inversión ante sus pueblos, esas élites recurren a distintas estrategias de comunicación de masas. En el caso ecuatoriano, la estrategia consistió en inventarse un supuesto proyecto nacional en torno al concurso.
La televisión, que aspiraba a una gruesa tajada del negocio (después de todo Miss Universo es, básicamente, un show de televisión), participó de forma voluntaria y activa en esa estrategia de comunicación. De hecho, suministró la ideología del autoengaño nacional y nos pintó el concurso de belleza como el epicentro de nuestra identidad. La televisión apeló a nuestro orgullo patriótico de país unido y disciplinado, capaz de mantener una tregua política y sonreír para la foto. Y nos llamó al orden, con un jalón de orejas, cada vez que las cosas amenazaban con descomponerse de algún modo. Fue la televisión la que nos vendió la idea de que Miss Universo era una vitrina para que el mundo entero nos conociera (porque todo el mundo iba a estar pendiente de nosotros, se suponía), una posibilidad de insertarnos en el ámbito internacional y de atraer visitantes, en fin: el puntal indispensable para nuestra proyección en el mundo globalizado.
Eso dijo la TV. Lo dijo todos los días, a todas horas y contra todas las evidencias. Ni siquiera las cuentas alegres de la ministra Ivonne Baki lograron persuadir a los noticieros de que algo andaba mal en este asunto. Todos los entrevistadores de la TV se daban por bien contestados cuando la Ministra, con su medio lenguaje incomprensible, articulaba discursos de esta laya: “Estamos haciendo las cuentas para ver lo que queda o no queda, ojalá que sobre, ojalá que no sea lo que hemos gastado que lo que auspicios y lo que entró, sea igual o quizá más de lo que se ha gastado”.
Todos sabíamos que los desfiles de candidatas por las calles de Quito, Guayaquil y Cuenca no fueron televisados en el extranjero; pero los periodistas de la Asociación de Canales insistían, durante toda la transmisión, en que “el mundo entero nos está mirando”. Todos sabíamos que las dos sedes anteriores del concurso, Panamá y Trinidad, perdieron dinero; pero, para la Asociación de Canales, los enormes beneficios que esperaban al país a la vuelta de la esquina eran un dogma de fe. Todos notamos que el espectáculo de la elección fue una sombra de lo que solía ser el Miss Universo de los años dorados; todos escuchamos las fallas de sonido y vimos cómo Gloria Estefan (quien saltó al escenario con ánimo de zafar del compromiso) se quedó moviendo los labios en blanco, bochornosamente; todos tuvimos dificultades para apreciar los decorados con motivos nacionales y comprobamos que la presencia del Ecuador en el show fue mínima; y que los 12 minutos famosos de promoción turística que nos ofrecieron quedaron reducidos a un video clip de 5 minutos. Sin embargo, al día siguiente, los noticieros aplaudían el éxito, decían palabras como “fastuoso” y hasta “impecable”, repetían elogios y celebraban la magnífica presencia ecuatoriana porque, como veníamos diciendo en los últimos tres meses, “nos vieron en todo el mundo”.
En resumen: la cobertura informativa del certamen consistió en la construcción de una fantasía televisada, a partir de la negación sistemáticamente de toda evidencia periodística. De este modo, la televisión impuso su propia agenda al país e incluso logró abrirse un espacio político (de hecho, fue la primera tregua política que se respeta en el Ecuador desde la guerra del Cenepa). ¿Para qué? Para hacer negocios con Donald Trump, para vender espacios de publicidad, establecer contactos y codearse con el jet set.
Hoy se ha acuñado el término “venezolanización”. La mayoría de comentaristas de la TV se lo atribuye a Lucio Gutiérrez, a quien comparan con Chávez. Desde mi punto de vista, es una comparación absurda, pues Gutiérrez perdió las elecciones de medio periodo y es el mejor aliado de Estados Unidos. Si alguna “venezolanización” existe, estará en los canales. Digan si no: eso de presentar un conjunto de negocios privados como si fueran temas de interés general que nos involucra a todos; eso de imponerlos en la agenda política del país; eso de construir, para ello, una fantasía televisiva en abierta contradicción con la evidencia periodística… ¿No es lo mismo que hace (aunque en un contexto político completamente diferente) la televisión privada venezolana?
Lo que ocurrió con Miss Universo se repitió durante la ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio en Guayaquil. Ahí también los canales de televisión, de forma unánime, construyeron una fantasía para imponer en la agenda nacional, como inevitable, forzoso y deseable (sobre todo deseable), la firma de un tratado que es una incógnita periodística y del que solo se puede hablar recurriendo a vacíos metalenguajes: “Al tratarse de hilar más fino, de ir más a los detalles, las dificultades arrecian pero se aprieta más la negociación. Sin embargo, ya se va teniendo clarificaciones”. No significa nada; lo dijo Gonzalo Ruiz, pero lo pudo decir cualquiera.
Lo mismo, exactamente lo mismo, volvió a ocurrir en diciembre, a propósito del debate (que no lo fue ni mucho menos) sobre la seguridad privada para Guayaquil.
Nuevamente la televisión fue unánime en presentar un proyecto (en el que intervienen muchos intereses privados) como algo indiscutible e inevitable que ni siquiera precisa ser sometida a debate; y, nuevamente, la defensa del dogma de fe tuvo como correlato la falta de reportería. La venezolanización de nuestra TV avanza con prisa. Quizás esto es lo más acertado que se puede decir para resumir el 2004.
raguilarandrade@yahoo.com