Guayas era el motor económico del país. Nunca hubo estadísticas. Al Banco Central, por ser central, probablemente no le convenía darlas, pero me atrevo a suponer que nuestra provincia representaba más de un tercio del producto interno bruto del país en la década de los noventa. Hoy el sector productivo de la Costa agoniza.
Algunos productos de exportación se han reducido en más de medio billón de dólares y el gasto público ha crecido casi en el 100% en poco más de una década, siendo un porcentaje muy pequeño del mismo lo que llega a nuestra ciudad.
Era además el pulmón financiero. Los tres bancos de consumo y el banco corporativo más grandes eran guayaquileños. Incluso las captaciones y cartera de los bancos extranjeros que no tenían su sede en la ciudad estaban en Guayaquil. Hoy la hegemonía financiera de nuestra región es solo cosa del pasado, en gran parte por la equivocación y muchas veces corrupción de sus mismos líderes. También por la ayuda de las instituciones centrales, o centralistas, o centralizadas.
En el plano político electoral pasaba igual. Probablemente por el crecimiento de la ciudad, que la ha convertido en la más poblada y grande del país, era el centro electoral más importante, era factor decisivo para cualquier elección.
Hoy las fuerzas políticas están tan divididas, con tantos odios irreconciliables entre ellas, Prian, PRE, PSC, León Roldós y su grupo, que en las elecciones pasadas y muy probablemente en las futuras, su votación no pueda influir en la elección presidencial. Las instituciones insignia de Guayaquil, las cámaras de la Producción entre ellas, por su politización y malos manejos de los últimos años, han perdido prestigio.
Contrasta este escenario con el embellecimiento y mejoramiento estético de la ciudad, con la continua inversión en nuevos proyectos y obras de infraestructura, con las posibilidades que abren nuevos proyectos como el de la seguridad social y de salud.
Mirado así el futuro de Guayaquil, perdemos el optimismo frugal que producen todos sus aparentes avances, pues estos son coyunturales, producto de una buena administración en la última década, mas no de un cambio estructural que permita que el crecimiento sea sostenido y que su aparato productivo progrese, que es lo único que puede mantener tal ritmo de mejora. Para colmo, los guayaquileños ahora cercanos a los hilos del poder parecerían haber entrado en un juego perverso cuyas animadversiones y odios provocarán que la ciudad se hunda más.
Discusiones bizantinas sobre seguridad, ¡cuando el Banco Central tiene un presupuesto mayor que el de la Policía!
Con el sueldo de uno de estos burócratas, que poco o ningún valor agregado generan al país, se puede sostener a una decena de gendarmes.
Nadie recuerda ya las autonomías provinciales. Ni sus promotores. Vuelve esto a ser tema tabú, como en la época de las dictaduras militares.
No veo posibilidades para Guayaquil en el mediano plazo. Y no creo en el Chapulín Colorado.