Pudor es la capacidad de avergonzarse, de ruborizarse y sentirse mal ante algún acto bochornoso. Eso es lo que los políticos perdieron de forma absoluta. Y como el pudor es lo que nos ayuda a preservar la decencia, obviamente sin lo uno no hay lo otro, como hemos podido comprobar.
Rebeldía es la capacidad de asombrarse y reaccionar conforme.
Los ecuatorianos también hemos perdido esta capacidad.
Cualidad más bien, que nos empuja a tomar control de nuestro propio destino. Al no estar, tampoco puede existir la esperanza.
Desde el golpe de Estado a Bucaram se perdió total respeto por la democracia, todo pudor. Pues aunque desde tiempo atrás no importaba ya tanto el fondo, se cuidaban las formas. A partir de ese hito, todos los medios fueron buenos para lograr el fin.
Hoy, la nueva mayoría ha producido un cambio en los tribunales electorales y de justicia. Probablemente el primero de los muchos que a futuro las cortes sufrirán.
Y a nadie le asombra que los jueces sean abiertamente afines o que respondan a un partido político. Tampoco a nadie le sorprende que miembros de tribunales electorales sean afiliados a partidos políticos, siendo esto una tremenda aberración, y nadie se rebela ante la desfachatez política de reconocerlo y festejarlo frente a las cámaras, cual partido de fútbol.
El proceso de desinstitucionalización al que la raza política ha llevado al país es grave porque resquebraja la estructura y la organización social, disfrazando de democracia el feudalismo cuasi anárquico.
Pero lo más lamentable no es la pérdida del pudor. Eso podría recuperarse más fácilmente que la capacidad de asombro y rebeldía de un pueblo.
Este derecho a la rebeldía está consagrado en uno de los documentos políticos que se consideran como joyas universales, la declaración de independencia de Estados Unidos: “Para asegurar estos derechos, los gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus poderes del consenso de los gobernados. Cualquier forma de gobierno que se vuelva destructiva para estos fines es el derecho del pueblo alterarlo o abolirlo, e instituir un nuevo gobierno, basado en los antedichos principios, y organizar sus poderes de forma acorde...”. Es el fundamento filosófico de la desobediencia civil.
Es grave que el ciudadano haya perdido su capacidad de asombro, de rebeldía, porque en ese momento les entrega el monopolio del manejo del país a los políticos impúdicos. Como dice el poeta árabe: “Desdichada es la nación que no eleva su voz salvo en los funerales, que solo ante la tumba muestra aprecio, que espera rebelarse hasta que su cuello está bajo el filo de la espada”. (Dos décadas de politización de la justicia no son suficientes). Si me permiten tropicalizar a Bertold Brecht: “Primero se ensañaron con los curas, pero no me importó porque yo no era cura. Luego se llevaron a los estudiantes, pero como no era estudiante, no me importó. Después se ensañaron con los empresarios, pero tampoco me importó porque yo no era empresario. Ahora me llevan a mí, pero es muy tarde”.