Domingo 12 de diciembre del 2004 Letras y Notas

José de la Cuadra, otra vuelta de tuerca

Texto: Javier Ponce

En el anuario  del Centro Cultural Benjamín Carrión Re-incidencias se presentan nuevas indagaciones sobre el autor ecuatoriano José De la Cuadra. Descubrir ¿qué fue De la Cuadra, al fin y al cabo? es el eje de esta obra.

L as evocaciones en torno a José de la Cuadra no acaban, a un año del centenario de su nacimiento.

En el 2003, el momento culminante fue la publicación de sus Obras completas por parte del Municipio de Guayaquil, bajo el cuidado del escritor Javier Vásconez, quien  se ha propuesto, junto con el cabildo, recoger los clásicos guayaquileños. A De la Cuadra siguió Medardo Ángel Silva y cualquier día de estos aparecerá Alfredo Pareja Diezcanseco.

Pasado un año del centenario, surgen nuevas indagaciones sobre De la Cuadra, esta vez en el anuario del Centro Cultural Benjamín Carrión, Re-incidencias, dedicado íntegramente a su obra.

Y el volumen se abre con la imagen física del escritor, que nos dejó Demetrio Aguilera Malta:

“...el caminar oblicuo de sus pasos menudos. Los pulgares de sus manos abaciales, templando siempre los tirantes. Su ceja levantada. Su mirada de inquisidor exiliado en Babilonia. Su risa de jaguar enclaustrado. Sus palabras bruñidas, bautismales”.

¿Qué fue De la Cuadra, al fin y al cabo?

La pregunta circula por todas las páginas de este libro: ¿un novelista que no dejó que sus personajes vivieran lo suficiente en sus páginas, como afirmó Jorge Enrique Adoum? ¿Un cronista de leyendas y de mitos? ¿Un creador de la novela “montubia”, si acaso esa palabra distingue un género en particular? ¿Un escritor que erró en el uso del tiempo de los verbos, como plantea Vladimiro Rivas, yerro que obedecía, tal vez, a que lo que buscaba no era más que “contar lo que oyó contar” en noches tropicales? ¿Testigo de una cultura oral? ¿Fusión de literato, sociólogo y etnólogo, como propone el crítico cubano José Rojas Báez?

Todas estas aproximaciones están en este volumen dedicado a De la Cuadra, para perfilar al escritor real. Y si su obra deja un sabor de “truncamiento”, de inconclusión, es posible asumir el comentario sobre este narrador guayaquileño con el que cierra Rojas Báez su breve ensayo: un “destello de lucidez sobre el arte de la narración”.

Las reflexiones acerca del escritor giran constantemente en torno a la irrupción del mito; y el  mito invade no solo su narrativa sino su actitud ante la literatura, lo que genera espejismos al momento de valorar la obra de De la Cuadra.

Tal vez el crítico Humberto Robles entrega unas pocas claves de su narrativa en su ensayo recogido en Re-incidencias:  “Cultura oral primaria; un lugar alejado y remoto; circunstancias misteriosas; impotencia ante poderes superiores y la correspondiente esperanza en algún auxiliar extraordinario como el ensalmo, el maleficio, la magia, el milagro; transformación de sucesos por medio de residuos de recuerdos que, antes que recuperar el pasado, animan una concepción actual de la realidad; presencia de un narrador que se desplaza como interlocutor, recopilador y emisor, y que se interesa por desentrañar los procesos de pensamiento de sus primarios personajes”.

Pero, ¿cómo entendía el propio escritor la naturaleza de su literatura? Se podría afirmar que lo hacía, en cierta forma, con un equívoco, el equívoco en torno a las exigencias del compromiso social.

En la respuesta a una encuesta formulada a De la Cuadra sobre la “misión de la literatura”, e incluida en el volumen de Re-incidencias, el narrador afirma:

“A nosotros literariamente nos ha tocado nada más que destruir. Tarea bastante fácil, pues es tan espantosa la tragedia nacional, agudamente significada en el montubio y en el indio, y es tan monstruoso el cuerpo leprosado de nuestro sistema que, aun solo poniéndolo en contacto con la luz pública, se le causa daño, a semejanza de lo que justamente ocurre con las llagas gafas cuando se da al sol su escondida purulencia”.

Una declaración que ilustra las oscuridades con que se concebía la ruptura en las primeras décadas del siglo XX y que oculta al compulsivo devorador de crónicas de viajes y de mitos fantásticos que fue De la Cuadra y que alimentaron su literatura, a la que él la llamó “realista”.

El escritor cubano Alejandro Querejeta, conjuntamente con Hipatia Camacho y Raúl Pacheco, concibió este segundo anuario del Centro Benjamín Carrión –el primero versó sobre Jorge Carrera Andrade– con diversas miradas sobre el personaje y la obra.

Ha articulado con notable equilibrio el testimonio, la crítica, la evocación literaria del escritor guayaquileño, y las páginas de una novela inconclusa: Palo’e balsa.

Están allí las evocaciones de sus amigos, el recuerdo de su hija, las fotos de esa ciudad con sabor y olor intensos, distintos para recibir el amanecer o el atardecer; la correspondencia con Benjamín Carrión que devela, de paso, los rencores entre este escritor y Jorge Icaza; y sobre todo está la valoración de su obra, que incluye la propuesta de Vladimiro Rivas, de hacer una revisión de los clásicos ecuatorianos a partir de la literatura y no de los sentimentalismos de patria –como si fuesen parte del Himno Nacional– o de los contextos puramente sociológicos.

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