Sábado 11 de diciembre del 2004 Cartas al Director

Una ración de realidad con ayunos quirúrgicos

ESTADOS UNIDOS

Opinión Internacional

Las consecuencias de ayunos prolongados no son triviales. Además del hambre, la sed y la irritabilidad, los investigadores notaron que algunos pacientes en ayuno también padecían dolores de cabeza, deshidratación, bajo volumen sanguíneo y baja azúcar en la sangre.

Recuerdo demasiado bien la agonía del hambre posterior a la cirugía: pasaron casi cinco días después de que me practicaran una cesárea para que el hospital me diera cualquier cosa que no fueran trozos de hielo. Todo el tiempo intentaba alimentar a dos bebés grandes con nada más que una solución glucosa administrada por vía intravenosa que me sostuviera. Sin embargo, las enfermeras fueron firmes. Todavía no había “pasado gases ni tenía movimiento intestinal”.

A la mayoría de las personas a las que les van a practicar una cirugía optativa se le dice: “No ingiera nada después de medianoche”, y de tiempo atrás ha sido una práctica común en los hospitales no dar alimentos y bebidas a los pacientes durante días después de una cirugía porque se presume que sus intestinos todavía están dormidos.

Las proscripciones rigurosas sobre qué tanto antes y qué tan pronto después de una operación pueden los pacientes comer o beber sin ningún percance estaban basadas en la tradición, el dogma y el temor, no en la ciencia. Una vez sujetas a un estudio rigurosamente científico, se encontró que las limitaciones de tanto tiempo a los alimentos y las bebidas antes y después de una cirugía son innecesarias e incluso perjudiciales.

“La medicina ha cambiado sustancialmente en los últimos quince años”, dijo el doctor Michael L. Pearl, un ginecólogo y oncólogo de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. “Ahora la medicina basada en evidencias es la norma”.

Pearl ha sido un líder en la investigación que ha cambiado la forma médica de pensar sobre qué tan pronto después de una cirugía pueden los pacientes ser alimentados y qué es lo que pueden consumir, sin peligro. Él y otros han demostrado con claridad que esperar hasta que un paciente pueda pasar gases o mover los intestinos es contraproducente, y tiene como resultado una estancia más prolongada y costosa en el hospital, así como mayor incomodidad para el paciente.

Muchos estudiosos también han investigado la cantidad de tiempo que los pacientes deberían abstenerse de comer antes de una cirugía. Sus hallazgos provocaron que en 1991 la American Society of Anesthesiology (Sociedad Estadounidense de Anestesiología) revisara sus lineamientos relativos a las prácticas para permitir la ingesta de líquidos transparentes o una comida ligera con frecuencia mucho más próxima a la hora esperada de la cirugía.

A pesar de estos nuevos lineamientos, todavía se le dice a la mayoría de los pacientes que esperan una cirugía, “no ingiera nada después de medianoche”, órdenes que pueden tener como resultado ayunos prolongados y angustiantes, incluso tan prolongados como 30 horas antes de que por fin se practique la operación.

El gran temor detrás de la proscripción original de medianoche era que un paciente anestesiado podría vomitar y aspirar, con serias consecuencias respiratorias, si había algo todavía en el estómago durante la cirugía. Esto pudo haber sido más probable antes del advenimiento de la anestesia moderna y de métodos mejores de administrarla.
La aspiración pulmonar es rara con la anestesia moderna.

Los lineamientos revisados por la Sociedad de Anestesia permiten líquidos transparentes (agua, té ligero, café negro, bebidas carbonatadas y jugos de frutas sin pulpa) dos horas antes de la cirugía programada; leche materna, cuatro horas antes; leche común y fórmula para infantes o una comida ligera (como pan tostado y líquidos transparentes), seis horas antes, y una comida normal o pesada, ocho horas antes.

En el artículo Preoperative Fasting: Old Habits Die Hard (Ayuno preoperatorio: los viejos hábitos son difíciles de erradicar), publicado en The American Journal of Nursing (Revista Estadounidense de Enfermería) tres años después de que la Sociedad de Anestesia cambió sus lineamientos, dos enfermeras tituladas –Jeannette T. Crenshaw y la doctora Elizabeth H. Winslow– informaron que “nuestros colegas que trabajan en los hospitales del área de Dallas y Fort Worth y en todo el país informan que todavía es la regla ordenar ninguna ingesta por vía oral después de la medianoche en lugar de ser la excepción”.

Los retrasos tradicionalmente prolongados en la alimentación de los pacientes después de una operación fueron originados por un temor a complicaciones, dijo Pearl. Se pensaba que el intestino quedaba paralizado por horas después de una operación, incluso días, en particular cuando había sido abdominal o ginecológica y había habido necesidad de moverlo. Sin embargo, dijo, los estudios muestran que el intestino sigue funcionando incluso durante la cirugía.

Pearl dijo que la alimentación temprana resulta en costos hospitalarios más bajos y una calidad de vida posoperatoria mejorada: se redujeron los índices de infecciones y complicaciones en las heridas; los pacientes están mejor alimentados, se sienten mejor y se van a casa más pronto, sin que se hayan elevado los índices de readmisión.

 

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