Domingo 05 de diciembre del 2004 Letras y Notas

Literatura infantil en Ecuador, con voz propia

Ilustración: Adrián Peñaherrera | Texto: Manuela Botero Thiriez

Cada día, con más fuerza, en el país se perfilan autores con temáticas y tratamientos propios. Aquí ya hay voces maduras que comienzan a ser reconocibles y apetecidas para los pequeños.

“Todos los libros tienen algún secreto, porque nacen en el alma de las personas y todas las personas tienen partes desconocidas, aun para sí mismas”, les explica don Nicolás a sus nietas Alegría y Elisa, en una de sus incursiones por La biblioteca secreta de La Escondida.

Un libro que es como una puerta mágica que podemos abrir para vivir una aventura nueva y sorprendente, porque, “cada libro es como un ser vivo”, les comenta el abuelo a sus nietas, sobre esta obra de Leonor Bravo, que acaba de ganar el premio nacional de literatura infantil Darío Guevara, en la categoría novela, que otorga el Municipio de Quito.

Esta idea de que cada libro es como un ser vivo que esconde un secreto, es un buen comienzo para hablar de la literatura infantil ecuatoriana donde cada día, con más fuerza, se perfilan autores con temáticas y tratamientos propios. Donde hay ya voces maduras que comienzan a ser reconocibles y apetecidas para los pequeños lectores y donde las nuevas voces llegan para aportar diversidad de tonos, de miradas, de regiones.

En efecto, el panorama de la literatura infantil ecuatoriana se ha comenzado a ensanchar de una manera fantástica. Vuelven a reaparecer escritores curtidos en otros géneros como Hernán Rodríguez Castelo, Alicia Yánez Cossío y José Martínez Queirolo; producen con fuerza plumas consagradas a la literatura infantil como Leonor Bravo, Edna Iturralde, María Fernanda Heredia, Édgar Allan García, Soledad Córdova y Francisco Delgado, y también aparecen nombres como Elsa María Crespo, Vanessa Pinto y Mario Conde, entre otros.

Sin embargo, en este boom además de los escritores que son causa y consecuencia suya, confluyen otros factores que hacen que este género sea más atractivo para su público: la calidad de las ediciones y la ilustración, tema clave para atraer a los pequeños de la generación de la imagen.

También tiene que ver el interés creciente de editoriales nacionales y extranjeras por publicar la literatura infantil que se está haciendo en el país y el diálogo que estas casas editoriales han promovido con los maestros y los jóvenes lectores para conectarse con sus expectativas.

Como anota Susana Araujo, de Norma, “los maestros buscaban literatura que hablara sobre nuestras tradiciones, nuestros personajes y ambientes propios. Un poco el ‘de dónde somos’, ‘qué hacemos’ y ‘hacia dónde nos proyectamos’. También es importante entender que en los libros infantiles las palabras tienen que ser traviesas, juguetonas, permitir que el niño se distraiga, se emocione con una historia y que le guste la lectura, y eso se logra con la literatura”.

“Cuando hacemos a un niño leer por obligación y a hacer resúmenes y cosas así que no le permiten reinventar a partir de su experiencia lo que leyó, matamos el gusto por la lectura”, dice Susana. Este diálogo con los maestros también es fomentado por otros sellos editoriales como Alfaguara.

Norma publicó el año pasado ocho nuevos títulos, entre ellos Amigo se escribe con H, de María Fernanda Heredia que ganó el premio internacional Norma-Fundalectura y ya va por las 10.000 copias vendidas, y este año ha producido dos novedades muy en el enfoque del lenguaje juguetón: Pequeña pequeñita y el cazador cazado de Francisco Delgado y Cantando Cuentos, una recopilación de algunos textos para teatro del destacado dramaturgo guayaquileño José Martínez Queirolo, que si bien han sido puestos en escena, no habían sido llevados a la imprenta.

Para el sello Alfaguara, de editorial Santillana, que hace tres años ha entrado fuerte en este ámbito, la intención, según su directora María Fernanda Heredia (la escritora), es “dar la puntada entre lo infantil y lo juvenil dirigido a edades de 9 a 11 años. Reforzar el público preadolescente que es donde se pierden lectores”.

En ese rango de edad están las últimas novedades de Alfaguara: Entre Cóndor y León, una novela sobre el mestizaje y la identidad con un fuerte trasfondo de género y una narración cargada de aventura de Edna Iturralde y Un día más y otras historias, sobre los animales en vías de extinción (Viaje por el País del Sol, de la misma autora, fue reeditado por la sede de esa casa editorial en España).

También figuran en esta tendencia, la última novela de Heredia, Cupido es un murciélago, una historia del primer amor en el ambiente escolar, y La biblioteca secreta de La Escondida, la novela de Bravo (Yo te quiero siempre, Cuentos de Medianoche, ¿Y ahora qué hiciste Valentina?, entre otras publicaciones anteriores). Para comienzos del próximo año se anuncia una novela corta de Iturralde sobre el tema de los niños de la calle, en lo que parece ser también ahora una tendencia en la literatura preadolescente: la concienciación social.

Para Bravo, lo interesante de este fenómeno es que “no solo los niños están leyendo más, los niños están empezando a escribir, cosa parecida a lo que pasó con el fútbol cuando fuimos al Mundial. Se sienten orgullosos de que estos libros sean hechos aquí. Esto hace que la autoestima se fortalezca y crezca. Este es un fenómeno que va a favorecer a otras generaciones”.

Otro botón de muestra del boom es la incursión en la literatura infantil de nuevas editoriales como Edinun, que lanzó este año seis nuevos títulos de ecuatorianos contemporáneos, entre ellos, Jamela Padilla, una chica de 16 años que en Taketak cuenta la amistad entre Samantha, una niña rubia como el sol, y Nantú, un niño amazónico; y obtuvo el tercer lugar en el concurso de cuentos infantiles que inauguró esa editorial en el 2003.

También la editorial Radmandí ha aportado nuevos títulos: El aprendiz de mago y el reino de los poderes, de Hernán Rodríguez, y el Jurupi encantado, de Oswaldo Encalada.

Libresa, que fue la primera que le apostó a la literatura infantil y que ha sido el punto de lanzamiento de muchos de los autores e ilustradores actuales, ha presentado este año nuevos títulos, entre ellos, el cuento Contagio de María Fernanda Heredia que ganó el Darío Guevara en la categoría de cuento y una serie más detectivesca titulada Amadeo Bola Detective escrita por el catalán Jordi Sierra i Fabra dirigida al segmento de los 12 años y alrededores, que tiene un componente interactivo, es decir que los niños pueden leerlo en diferente orden y alterar el final de la historia.

Además Libresa, que realiza el prestigioso concurso bienal internacional de Literatura Infantil Julio C. Coba, anunció que desde el 2006 hará un concurso internacional de Literatura Juvenil. “¡En Ecuador no se publica para jóvenes! Entonces los años pares vamos a hacer el concurso de literatura juvenil y los impares seguiremos con el infantil que se cierra el 31 de diciembre”, explicó Estuardo Vallejo.

Como dice el escritor Francisco Delgado Santos, “parecería que la literatura infantil ecuatoriana quiere ponerse los pantalones largos pero puede ser perjudicial sobrestimar. Sería muy bueno que la Alcaldía de Guayaquil volviera a sacar un concurso, que se acuerden de los libros para niños. Igual sería bueno que la Campaña Nacional de la Lectura se acordara de los primeros lectores”.

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