Si el país tuviese un sistema parlamentario, el actual Presidente ya no estaría legalmente en el poder. Para ello no sería necesario inventarse causales para destituirlo, que es lo que están haciendo ahora –no nos engañemos– para darle una apariencia de legalidad a una arbitrariedad. Tampoco sería necesario romper la Constitución, que es lo que les encanta hacer a nuestros líderes políticos para cambiar al Gobierno. En el parlamentarismo, un jefe de Gobierno que esté en la situación del actual Presidente, estaría obligado constitucionalmente a convocar a nuevas elecciones. Y punto. Nadie andaría por las ramas leyendo la Constitución al revés.
Es más, en un sistema parlamentario, el actual Presidente jamás habría llegado al poder, pues, su partido político no alcanzó suficientes escaños parlamentarios en las elecciones del 2002. Lo más probable es que hoy estaría gobernando el líder del partido con mayoría absoluta en el Parlamento –algo difícil, pero no imposible– o quien hubiese sido designado por la alianza de los partidos que hubieren alcanzado una mayoría en el Parlamento. En nuestro caso bastaría con la alianza de dos partidos.
Si hubiéramos tenido un sistema parlamentario, en los últimos 25 años no se habría roto el régimen constitucional cada vez que surgía una crisis política. En ese sistema, la “pugna de poderes” entre el Ejecutivo y el Legislativo simplemente no existe. No existe porque el Ejecutivo nace precisamente del Parlamento. Y permanece en el poder en tanto esa alianza subsista. No existiendo dos fuentes de legitimidad popular –la del Presidente, por un lado, y la del Congreso, por la otra–, no existiría un poder bicéfalo en constante lucha consigo mismo, tal como sucede ahora.
En un sistema parlamentario, los pactos políticos no tienen esa connotación negativa que tienen entre nosotros. Los pactos o alianzas son el presupuesto para gobernar. Sin ellos no existe política. Tampoco hay cabida para el chantaje, esa nueva forma de gobernar que hemos acuñado, o aquello de aparecer como opositores de día pero cogobernar de noche. Dado que en el parlamentarismo los jefes de gobierno deben ser miembros del Parlamento, los líderes de los principales partidos deben estar en el Parlamento permanentemente. Es así como se profesionaliza la política.
El parlamentarismo no es la panacea. Tiene algunos problemas, pero son nada comparados con las deficiencias del sistema presidencialista, especialmente cuando se lo pretende aplicar a una realidad como la nuestra. No es una coincidencia que los regímenes más estables sean los parlamentarios y que, salvo la excepción de los Estados Unidos, el sistema presidencialista es el que más fracasos tiene en el mundo.
Pero nada de esto preocupa a nuestra dirigencia. Pensar en estos asuntos, no se diga debatirlos, les resulta ocioso y aburrido. (“El pueblo quiere trabajo, no reformas políticas” es el cliché de siempre). Para ellos el sistema actual es ideal: el pueblo elige a los gobiernos para cuatro años, pero ellos se encargan de reemplazarlos cada dos. Para estos señores esto es democracia. Nosotros votamos, ellos botan.