En un año de campaña electoral, ha surgido una especie de subgénero literario, bajo el paraguas del ensayo político; George W. Bush. Algunos lo llaman "Bush Bashing"
Al género policial lo está reemplazando otro: el reportaje político.
Al parecer, ya no es necesario remontarse a la ficción ni esperar réplicas de Raymond Chandler o Dashiell Hammet, los renovadores del género negro. Los secretos del poder político están alimentando uno nuevo en manos de los periodistas: la corrupción, las intrigas, los intereses globalizados vinculados a las guerras.
Dentro de este género se consagra en estos días en Estados Unidos, precisamente en un año de campaña presidencial, un sub-género que ya tiene nombre: George W. Bush. Lo llaman “Bush Bashing”.
Y tiene un fundador y profeta: Michael Moore, que inició la saga con Estúpidos hombres blancos y ¿Qué han hecho con mi país, tío?
Incontables libros lo confirman. Solo a las mesas de las librerías españolas han llegado alrededor de medio centenar de títulos, traducidos u originalmente escritos en español, de los cuales apenas dos o tres toman partido por el mandatario estadounidense. Por ejemplo, aquellos Thank you, president Bush (Gracias, presidente Bush) o A matter of character (Cuestión de carácter).
A Ecuador ha llegado una media docena, de los más destacados: El presidente del Bien y del Mal. La ética de Georges W. Bush, de Peter Singer, en la editorial Tusquets; Los Bush y los Saud, de Craig Unger, en la editorial Emecé; Plan ataque de Bob Woodward, investigador del caso Watergate, publicado por Planeta Colombia; y está por llegar el más reciente: la traducción de The Family, de Kitty Kelley, número uno de ventas en el mercado norteamericano.
Algunos leit motiv están detrás de gran parte de las obras dedicadas al actual candidato republicano: el maniqueísmo entre el bien y el mal convertido en muletilla de la gestión de Bush y hoy un bumerán contra él; las relaciones con intereses económicos de burguesías como la saudita, trasfondo de la guerra contra el terror; la dinastía de los Bush en el mundo de la especulación, que rodea las familias legendarias del capitalismo norteamericano, y que se remonta, en las investigaciones, hasta un abuelo, Prescott Sheldon Bush, acusado de financiar las acciones de Adolfo Hitler.
Ex colaboradores del mandatario norteamericano pusieron también sus títulos en las librerías. Es el caso del ex secretario del Tesoro, Paul O’Neill, que publica por intermedio del periodista Ron Suskind, El precio de la lealtad, en el que compara a Bush con “un ciego rodeado de sordos”; o el título Contra todos los enemigos, de Richard Clarke, ex alto funcionario de la lucha antiterrorista.
Para entrar en el mercado, este género no ha necesitado de una campaña publicitaria ad hoc. La pugna electoral está alimentando el escenario.
El propio protagonista de la serie, George W. Bush, reclamó el mérito de haber inspirado a los autores: “Quienes dicen que no hice nada por la economía, deberían ver lo que he hecho por la industria editorial”, afirmó.
Sin embargo, ¿cuánto pesará en la decisión de los votantes la lectura de estos libros? Quizá no mucho, porque a pesar de cifras que pueden superar el medio millón de ejemplares (contra todos los enemigos alcanzó los 750.000 ejemplares en la calle), el círculo de lectores aún es estrecho. Adicionalmente, está el interés del lector que no se satisface con un solo libro. Una encuesta que aplica una importante casa editorial española realizó el cruzamiento de información sobre las preferencias de los lectores en torno al género Bush, y cada uno consume simultáneamente de tres a cuatro títulos similares.
Para el periodista Craig Unger, que devela sin compasión las vinculaciones entre las poderosas familias de Estados Unidos y Arabia Saudita, y cuyas investigaciones sirvieron de base para el Fahrenheit 9/11, de Moore, ni la prensa ni la televisión informan en forma completa sobre la guerra de Iraq, lo que provocó que “las voces independientes y críticas se hayan expresado a través de los libros”.
Pero el personaje antagonista también tiene sus cultores y detractores. Al tiempo que Plaza Janés ponía en el mercado español el devastador retrato de la familia Bush escrito por Kitty Kelley, Planeta lanzaba una cariñosa biografía de John Kerry, firmada por los reporteros del Boston Globe, Michael Kranish, Brian C. Mooney y Nina J. Easton.
Y entre los detractores: Las muchas caras de John Kerry o Inepto para gobernar: veteranos de Vietnam en contra de John Kerry.
Entre los libros más comentados del género que encuentra su inspiración en Bush, están Mundo Bush: entre a su propio riesgo, que reúne las columnas que Maureen Dowd escribió en The New York Times; Bush desnudo, de Marc Umile; Los años del diablo, del presentador de Fox, Sean Hannity; o El enemigo en casa, del periodista radial Michael Savage.
Incluso el novelista Carlos Fuentes, desde América Latina, ha incursionado en el género desde el ensayo político, con su libro Contra Bush, sus reflexiones publicadas entre el 2000 y 2004, en los que el autor propone la restauración de una política internacional que se sustente en la negociación pacífica de los conflictos y en la solidaridad internacional.
¿Cuánto hay de ficción y cuánto de verídico en todos estos títulos? ¿Cuál es el límite entre las dimensiones reales del escándalo y las escandalizadas aproximaciones de los periodistas?
Harold Blomm, quizás el más destacado de los ensayistas literarios norteamericanos actuales, un especialista en William Shakespeare, escribió hace un tiempo una pieza de teatro antecesora del género Bush, y sus declaraciones, en estos días, son:
“Lo más triste de la situación es que al escribirla yo intenté hacerla lo más extrema y absurda posible, bien risible, y estaba bastante contento con el resultado. La otra noche no me podía dormir y la releí. ¡Quedé aterrado! Ni siquiera era una parodia: la realidad había superado todo lo que había imaginado, no solo para mi rey, sino también para Cheney, a quien llamo el Duque de Halliburton, y para Rummy, Rumsfeld, el Barón de Bechtel. Halliburton y Bechtel son, por supuesto, las dos firmas que se quedaron con todos los contratos en Iraq. La situación que estamos viviendo superó la capacidad de sátira. Nunca pensé que eso pudiera pasar”.