El miércoles pasado se presentó la colección Antología esencial de la literatura del siglo XX ecuatoriano, una obra mentalizada por Jorge Enrique Adoum.
Cinco autores, cinco aproximaciones diversas a géneros a su vez distintos, del ejercicio de la escritura. Se trata de un sueño alimentado por Jorge Enrique Adoum y la editorial Eskeletra desde hacía por lo menos tres años: una antología esencial del siglo XX ecuatoriano.
Los cinco volúmenes se presentaron en Quito el miércoles pasado, e incluyen ensayo, crítica literaria, novela corta, cuento y poesía, introducidos por cinco ensayistas que son, a su vez, los autores de las respectivas antologías.
Mientras Alicia Ortega y Hernán Rodríguez debían navegar en un océano de cuentistas y poetas, Miguel Donoso Pareja polemiza con los casi inexistentes espacios para la crítica literaria en nuestro país, Raúl Vallejo recupera desde el ensayo literario hasta el filosófico, y Jorge Enrique Adoum busca la definición más próxima para describir un género ambiguo y hermoso al tiempo: la novela corta.
El ensayo, víctima
Raúl Vallejo introduce el ensayo a partir de una definición muy elocuente del español Ramón J. Sender: “una especie de monólogo documentado, inspirado y si es posible iluminado”.
A partir de allí, Vallejo busca recuperar al ensayo ecuatoriano, amenazado, afirma, por el rigor científico y el academicismo, en virtud del cual el dato empírico y exacto asfixia la inspiración y el vuelo literario de quien interpreta un momento histórico, un estado de espíritu, un fenómeno social o cultural.
La escritura del ensayo, insiste Vallejo, está asentada en la experiencia vital de quien se autoriza para escribir.
En la antología, agrupa los ensayos históricos a partir del liberal radical Roberto Andrade, hasta Manuel Medina Castro y Enrique Ayala, en la actualidad; el ensayo sociológico se abre con Jacinto Jijón y permanece hasta Agustín Cueva y Fernando Velasco; el ensayo filosófico aparece con solo tres nombres: José Peralta, Nicolás Jiménez y Atanasio Viteri; y los ensayos cultural y literario, donde la antología reúne veinte nombres, desde Gonzalo Zaldumbide hasta Vladimiro Rivas.
Colindando los terrenos del ensayo, estaría la crítica literaria, analizada y antologada por Donoso, que luego de establecer los dominios del género, defiende su importancia: “el escritor que niega la existencia, el valor o la necesidad de la crítica, está borrándose a sí mismo, negando la existencia de su propio texto”.
Para Donoso Pareja, la crítica literaria encuentra su razón de ser en la lectura. La presencia, indispensable también, del lector que, al tomar un papel activo, se ha convertido en “narratario”, interpretando al narrador.
Pareja se queja con razón del desierto que enfrenta la crítica literaria en los diarios ecuatorianos, que acabaron cerrando todos los suplementos literarios, y en la efímera vida de las revistas. Orfandad de la literatura y de los escritores, que le lleva a afirmar, con el escritor chileno Floridor Pérez: “Roguemos existir. Nada más...”.
Pero si no hay espacios en diarios y revistas, sí hay crítica, mucha y terca, a pesar de todo; y Miguel Donoso se ha visto obligado a dejar al margen buena parte, para seleccionar aquello que permita “dar al lector una visión lo más coherente posible de nuestra literatura, a través de sus analistas más representativos”.
El relato y la profusión de poetas
Jorge Enrique Adoum y Alicia Ortega enfrentan dos géneros del relato, los dos vinculados a los límites y las intensidades de espacio: la novela breve y el cuento.
Adoum repasa múltiples definiciones posibles de la novela breve, desde la que la califica directa y simplemente como el relato “que se lee de un tirón”, hasta la definición abstracta que establece el filósofo: “Una historia que ocurre fuera de la historia”.
Finalmente, casi prefiere definirla por las características de los propios textos que ha seleccionado en el caso ecuatoriano: pocos personajes; narración en primera persona; veracidad de la narración; la resolución, en el relato, de un sueño o un hecho; además de búsquedas más audaces que en la novela.
El volumen incluye relatos de Pablo Palacio, José de la Cuadra, Gil Gilbert, Jorge Icaza, Montesinos Malo, Iván Égüez, Abdón Ubidia, Marco Antonio Rodríguez, Juan Andrade, Raúl Vallejo, Huilo Ruales y Vladimiro Rivas. Y el editor lamenta la ausencia de una “nouvelle” reciente: “El Secreto” de Javier Vásconez.
En cuanto al cuento, Ortega parte de las vanguardias de principios del siglo XX y establece 1920 como el punto de partida, para seleccionar nada menos que 57 cuentos, cuyos autores Ortega va presentando con enorme paciencia y rigor, en cada uno de los momentos del siglo XX.
Finalmente, Hernán Rodríguez, quien ya realizó hace unos años una prolija antología de la lírica ecuatoriana contemporánea, se remonta, en este caso, a quienes califica como la generación de la transición a la modernidad: Silva, Noboa, Borja y otros; para llegar a Margarita Laso y María Fernanda Espinosa.
Rodríguez habla de una antología como un libro de las voces de la tribu, “poetas y poemas memorables, imprescindibles para dibujar el horizonte de la palabra ecuatoriana en el siglo XX”, y que “fueron parte de una historia viva, bullente, siempre en agónico tránsito, a la vanguardia de tantos otros tránsitos”. Ese el sentido de la antología.
Pueden no estar todos los autores necesarios en cinco volúmenes, pero ya es un esfuerzo muy significativo. Pueden también, parangonando el título de un libro de poemas de Adoum: “No ser todos los que están”. Al fin y al cabo, son cinco visiones diferentes, apasionadas, comprometidas.