Hace unos días, a una oficinista la secuestraron con su hijo pequeño. Los delincuentes retuvieron al niño y liberaron a la mujer luego de darle instrucciones muy precisas que ella siguió al pie de la letra: acudió a toda prisa al banco donde trabaja; allí, con ayuda de una compañera, abrió la bóveda de seguridad, de donde extrajo una suma importante de dinero; luego se la entregó a sus captores en el sitio y hora que le habían señalado; y entonces, solo entonces, recibió por teléfono celular el aviso de que el niño estaba libre y de que podía ir a recogerlo a casa de unos parientes.
Esto no ocurrió en Chicago en los años treinta, ni en Medellín a comienzos de los noventa, sino en Guayaquil en pleno siglo XXI, donde el tema de conversación en las reuniones sociales ahora es la barbarie del delito: entre trago y bocaditos, cada uno cuenta a quién secuestraron esta semana, a quién le robaron y a quién lo balearon.
Luego, todos coincidirán seguramente en que los autos grandes y lujosos ya no llaman la atención de los ladrones, pero alguien agregará que son los más apetecidos en los secuestros express. Después habrá un debate entre las señoras que opinan que no conviene usar películas oscuras porque llaman la atención y los señores que consideran que peor es mostrarse a los delincuentes que siempre evalúan previamente a su víctima. Es probable que alguien cuente –entre risas y chistes picantes– la historia de unos muñecos de inflar que alguien trajo de Miami para simular que no va solo en su vehículo, y que varios comenten que han resuelto no manejar sino usar taxi, o que algunos coincidan sencillamente en que han decidido no salir por las noches.
Al terminar, cada uno se irá a su casa temeroso, procurando no detenerse ni siquiera en los semáforos, y rogando que ese auto que viene atrás no sea de ladrones, o que a la puerta de la casa no los espere un grupo de hombres armados.
Después, en la inseguridad más absoluta, perdón, en la seguridad del hogar, verán televisión y escucharán las propagandas electorales que nos ofrecen calles, carreteras, viviendas, empleo, guarderías... de todo, menos seguridad, porque los candidatos, sin excepción, ignoraron en esta ocasión el problema de la delincuencia.
Como yo no me he postulado para ningún cargo voy a decirles un par de cosas que creo que se podría hacer.
Primero habría que subirles el sueldo a los policías. Y cuando digo “subir”, digo “subir” en serio: es decir, duplicarle el sueldo a la tropa y aumentárselo generosamente a los suboficiales y oficiales. Pero inmediatamente después habría que destituir a una gran cantidad de policías y a buena parte de oficiales y suboficiales, porque el problema central del auge de la delincuencia tiene un nombre muy sencillo en mi opinión: corrupción, ese cáncer que nos carcome a todos, a todos, y que por supuesto no perdona a las instituciones armadas.
Pero, oh, lo olvidé: esto no se lo puede decir públicamente, porque cada vez que alguien lo hace los directivos de varias cámaras de la Producción y algunos políticos pegan el grito en el cielo y nos acusan de que estamos “desmoralizando” a la Policía, como si la moral de los policías honrados tuviese algo que ver con los delincuentes que les han usurpado el uniforme. Así que me callo, como lo han hecho todos los candidatos, y salgo a asegurarme de que la cerca eléctrica de mi casa esté encendida, la cámara de televisión del portero electrónico esté funcionando y el guardián no se haya dormido.