Humberto Mata lo proclamó en todos los canales, cuidándose siempre de utilizar las palabras adecuadas según el programa. En ‘Revelaciones’ (Telesistema), donde la pícara complicidad de Luisa Delgadillo invitaba a la confidencia, lo contó de esta manera: “te puedo decir que somos enamorados”. En ‘Noche a noche con Marián’ (Canal Uno), donde un cierto nivel de informalidad y soltura resulta indispensable, se lanzó al ruedo con frase juvenil y traviesa: “de una, estamos amarrados”. En ‘Este lunes’ (Teleamazonas), donde Jorge Ortiz trata de mantener el debate libre de trivialidades, dijo simplemente: “tenemos una relación personal”.
Creo que ningún caso ilustra mejor la banalización televisiva de los discursos políticos, que este del noviazgo entre Humberto Mata y Carla Sala. Antes de que la televisión enloqueciera con tan sabroso chisme, Mata era, en la campaña para la Prefectura del Guayas, el único candidato que, bien o mal, proponía un debate sobre modelos de gobierno provincial. Tan bien le iba en el manejo de su figura pública, que llegó a convertirse en el fantasma de Nicolás Lapentti: al canal que fuera el candidato socialcristiano, Mata era el tema obligatorio de conversación.
Todo cambió de la noche a la mañana cuando decidió poner a Carla Sala (a quien considera su “binomio”) en el centro de su campaña. Así, si antes los canales lo buscaban para debatir sobre proyectos de gobierno provincial, ahora lo llaman para preguntarle si el beso que se dieron el día de la inscripción de listas fue sincero o políticamente calculado. Si antes lo invitaban para hablar de autonomía, hoy lo requieren para que cuente de su enamorada (Carla Sala y la corbata de lazo fueron, de hecho, los temas de su comparecencia en ‘Este lunes’). En fin: si antes se lo definía como el opositor por antonomasia de Lapentti, hoy no pasa de ser el novio de una sex symbol. ¿Quién pierde? El elector.