Domingo 22 de agosto del 2004 El Alquimista

Fragmentos de un diario inexistente

Cómo la parte puede contener el todo
Reunión en casa de un pintor de Sao Paulo que vive en Nueva York. Hablamos de ángeles y de alquimia. En un momento dado, trato de explicar a los otros invitados la idea alquímica de que cada uno de nosotros contiene dentro de sí un universo entero, y es responsable de él.

Escojo cuidadosamente las palabras, pero no consigo causar una impresión favorable; el pintor, que hasta ahora ha estado escuchando en silencio, pide a todos que miren por la ventana de su estudio.

–¿Qué es lo que ven?

–Una calle de Greenwich Village –responde uno.

El pintor pega un papel al cristal, de modo que ya no se puede ver la calle. Con una navaja, recorta un pequeño cuadrado en el papel.

–Y si alguien mira por aquí, ¿qué verá?

–La misma calle –dice otro invitado.

El pintor recorta varios cuadrados en el papel.

–Así como cada agujero de este papel contiene la misma calle, cada uno de nosotros contiene el mismo universo –dice.

Y todos los presentes rompen en aplausos ante la bella imagen que les ha sido mostrada.

En un periódico francés
Leo que el abad Arthur Mugnier fue responsable de la conversión al catolicismo de muchos artistas de su tiempo. Pese a vivir en una época moralista, Mugnier trataba de recordar a todos que la idea central de Cristo es la alegría de la redención, y no las torturas de la culpa.

En una ocasión, se dirigió al abad una de sus parroquianas, quien, pese a contar con setenta y cinco años de edad, estaba preocupadísima con los pecados de la carne.

–De vez en cuando me sorprendo contemplando mi cuerpo en un espejo. ¿Es eso un pecado?

La respuesta del abad fue rápida:

–No, madame. Eso es un error.

Mirar el jardín ajeno
“Dale al tonto mil inteligencias, y no querrá sino la tuya”, dice un proverbio árabe. Comenzamos a plantar el jardín de nuestra vida y, al mirar a nuestro lado, reparamos en que el vecino está allí, espiándonos. Es incapaz de hacer nada, pero le encanta hacer comentarios sobre cómo sembramos nuestras acciones, plantamos nuestros pensamientos, regamos nuestras conquistas.

Si prestáramos atención a lo que dice, acabaríamos trabajando para él, y el jardín de nuestra vida será idea del vecino. Terminaríamos por olvidar la tierra cultivada con tanto sudor, fertilizada por tantas bendiciones. Olvidaríamos que cada centímetro de tierra tiene sus misterios, que solo la mano paciente del jardinero es capaz de descifrar. Dejaríamos de prestar atención al sol, a la lluvia y a las estaciones, para concentrarnos en esa cabeza que nos espía por encima de la cerca.

El tonto al que le encanta hacer comentarios sobre nuestro jardín no cuida nunca de sus plantas.

Cartas al corazón
En 1993, cuando publiqué El Alquimista en los Estados Unidos, conocí también a una persona maravillosa, Vania Williamson. Ahora descubro que acaba de lanzar un libro en Brasil, Cartas al Corazón, del cual reproduzco un fragmento:

“Corazón mío: yo jamás te condenaré, ni te criticaré, ni me avergonzaré de tus palabras. Confío en ti, corazón mío. Estoy de tu lado, siempre estarás presente en mis oraciones, siempre rogaré porque encuentres la ayuda y el apoyo que necesitas.

“Y a ti te pido: confía en mí. Sabe que te amo, y que procuro darte toda la libertad necesaria para que continúes latiendo con alegría en mi pecho. Haré todo lo que esté en mi mano para que jamás te sientas incómodo con mi presencia a tu alrededor”.

El Alquimista

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