Vivo al pie del malecón, en la frontera norte de la zona ya renovada. Un caminante que goza regularmente de las bondades del nuevo centro y que, no obstante, atestigua en sus erranzas también su paulatina muerte.
De los servidores ambulantes de mi zona, uno de los sobrevivientes es un septuagenario lustrador de zapatos que continúa peleando su supervivencia a la vuelta de la misma esquina donde lo hizo durante cincuenta años y de donde fuera desplazado. El quiosco de al frente, famoso por sus encocados, fue reemplazado por una pequeña cafetería gourmet. Aunque la administración municipal había ofrecido respetar a los vendedores tradicionales –que ofrecían pescado frito, encebollado y jugos de fruta– el panorama resultante de nuevos patrones que favorecen a empresarios medianos, es mayormente anodino. Las comidas uniformes son otra forma de la homogenización del espacio. En el proceso, pequeños empresarios con limitada capacidad de capitalización han sido condenados a los márgenes, convirtiéndolos gradualmente en vendedores ambulantes cuando no, directamente, en miserables.
Siguiendo la frontera, a cuatro cuadras, en Junín y Baquerizo Moreno, se halla Alberto, discapacitado y a sus cincuenta solía vender la lotería y rentar un teléfono en la esquina del bulevar. Alberto ahora comercializa antenas de televisión mientras sortea a la Policía Municipal cada vez que intenta volver al territorio donde el fluir humano otrora le garantizara un mínimo ingreso. Cercanos, los cuidadores de autos, también desplazados espacialmente, disputan las propinas con nuevos actores en las calles: los guardianes que vigilan espacios que son cada vez más privados y menos públicos. Las armas de los segundos prevalecen momentáneamente. Al caer de la tarde regresan los indeseables, locos, pordioseros y desprotegidos a ocupar portales desolados.
Las propias calles de la nueva ciudad mueren. Gigantografías o placas iluminadas reemplazan a la riqueza gráfica y de lenguaje que se veía anteriormente en rótulos pintados manualmente. Ellos han sido borrados como antes lo fueran las decoraciones en los buses, mientras que todo indica que la contaminación sensorial está en otros lados. Saturación visual, en los paisajes sobreiluminados de paseos y plazas, en la desoladora neutralidad de los lotes de parqueo que empiezan a dominar el espacio al norte de la avenida 9 de Octubre.
Contaminación olfativa, en el fuerte aroma a frituras que invade la atmósfera. Auditiva, en el escándalo de algunos bares del cerro Santa Ana que mortifica a sus habitantes.
Pregunto al lustrador de zapatos –que dejará su oficio para siempre una vez que lo vuelvan a empujar a las nuevas fronteras– si conoce si las palmeras, alguna vez y en algún lugar, brindaron sombra. En un entorno de humedad y soles tropicales cada vez con menos portales y árboles, las palmeras se han convertido en el símbolo del carácter contraambientalista de un contexto urbano que, junto con la marginación social, la uniformización del espacio público y la vigilancia de los ciudadanos, se constituirán en legados mayores de esta renovación. En dicha ecología, la sombra es un derecho perdido para el anciano trabajador con su sabiduría de medio siglo al servicio de la vida en las calles.
*Antropólogo urbano.