Todos los inmigrantes son iguales, viajan optimistas, pero también afrontan ratos de melancolía. EL UNIVERSO participó en una reunión de un grupo de españoles en Ecuador y conversó por teléfono con ecuatorianos en España: anécdotas y una que otra lágrima fluye en la conversación.
"Los inmigrantes somos iguales, en algún momento queremos volver adonde nacimos, morir en nuestra tierra".
Desde España
Anécdotas de recién llegados, moscos y playas en el río Guayas
Vicente Maroto y su esposa María Ochoa, llegaron al Ecuador hace 45 años. Él tenía 29 años de edad y ambos mantienen fresco el recuerdo del barco que los trajo desde Santander en un viaje de 28 días hasta el puerto de La Libertad.
Llegaron elegantes y cargados de sueños: él con terno y ella con tacos, guantes y traje de noche y el primer choque con la realidad: no tenían idea del calor de un país tropical.
En una reunión de un grupo de españoles en la que estuvo presente EL UNIVERSO, ella recuerda la nostalgia, el ataque de los mosquitos o el sentir a los grillos que trepaban por su cuerpo. O como lloró en la misa del padre Cayetano Tarruell, por el Día de la Raza y vio en el altar la bandera española.
José Ramón Álvarez y su esposa Mariam, admiten que América siempre ha sido una desconocida para los españoles y él recuerda que en Oviedo, el Día de las Américas se celebraba con el desfile de coches lujosos y se admiraba las casas de los nuevos ricos que emigraron a este continente.
“Entonces imaginé una tierra rica, pero al llegar vi una América con riqueza mal repartida y una creciente pobreza, pero sé que todo lo que esperaba de América me lo ha dado Ecuador”, dice José Ramón Álvarez.
Ahora él se siente tan ecuatoriano que celebra la Batalla del Pichincha y dice con algo de humor que el oro de América no se lo deben de pedir a los herederos de los saqueadores españoles porque ellos eran asaltados a su vez por los piratas ingleses.
Carlos Lamas, tiene 50 años de edad y 30 en Ecuador, y dice que nadie sabe cuándo va a emigrar. Él ya lo ha hecho tres veces, y los que lo escuchan en la reunión ríen cuando recuerdan al español que salió en pantaloneta y con una toalla del hotel de la avenida Nueve de Octubre creyendo que había una playa al pie del río Guayas.
Agustín Carrasco resume con crudeza lo que es emigrar. “Uno debe acostumbrarse a la idea de que va a vivir en otro país antes de subir al avión y decirse: vuelvo rico o no vuelvo”.
“Emigras porque te va mal en tu tierra, o por un gran negocio, a mí me fue mal como empresario y decidí irme donde no me conozca ni Dios.
“Pensé hasta en el suicidio para que mi familia cobre algún seguro; fueron cinco años, pero si uno emigra debe quemar las naves de regreso y mantenerse a puros cojones”.
Lo que mata al inmigrante es la soledad, en un día cualquiera uno se levanta y ve el rostro de su familia y se desespera, expresa.
De ahí, con vino y jamones, en la reunión fluyen recuerdos, canciones. Los españoles hablan a gritos.
Vicente Maroto canta: Acaba de amanecer, no pierdas la esperanza, con el tiempo hasta lo difícil se alcanza. Alguien dice: Para mi único amor, las demás son iglesias, pero tú eres mi Catedral.
La respuesta: promete hasta que lo mete y una vez metido, se olvidó lo prometido. Es que de besos y abrazos, nacen los muchachos. Risas de todos.
La canción los lleva a recordar la España conservadora en donde el general Francisco Franco exigía que todo niño lleve nombre del Santoral.
“En el fondo todos los inmigrantes somos iguales, por muy bien que nos vaya en nuestra nueva tierra, en algún momento queremos volver adonde nacimos, queremos morir en nuestra tierra”, ojos que se humedecen, uno del grupo dice que sí volvería a emigrar, otros dudan ron en responder. No hay duda.
Los inmigrantes en cualquier parte del mundo son iguales.
PALABRAS Y FRASES
Muéstrame la polla. Es lo primero que les asombra oír a los españoles en Ecuador, pues para ellos, esta expresión es como pedirles que exhiban su órgano sexual.
Párate. Muchos españoles pasaron bochorno cuando oían esa expresión que para ellos es no moverse, pero aquí es para ponerse de pie en el aula.
Chepa. Algún español compró un guachito de la lotería en un receso de clases en la universidad y en voz alta dijo: sé que me lo gano si lo paso por la chepa de alguien. Luego de ver el estupor general tuvo que explicar que en el diccionario esa palabra castiza significa joroba y según la creencia popular ese ritual da suerte.
Deme una cola. Pobres inmigrantes españoles que se adaptan al hablar ecuatoriano y al diminutivo, van de vacaciones a su tierra y le dicen al salonero: me sirven el almuerzo y me da una colita. El empleado, medio en broma, medio en serio, le responde: “quiere mi colita o la del camarero de allá que tiene mejor trasero que yo”.