El autor argentino, ganador del Premio Alfaguara 2002, presenta una nueva novela que habla del tango y de Buenos Aires.
Autor de novelas especialmente significativas en el ámbito de la narrativa latinoamericana, desde Santa Evita y La mano del amo hasta La novela de Perón y El vuelo de la reina, el argentino Tomás Eloy Martínez es uno de los autores en castellano de mayor incidencia en ambos lados del Atlántico.
El escritor ahora nos entrega una nueva producción novelística, El cantor de tangos, obra en la que narra un itinerario, mitad real, mitad imaginario, por el Buenos Aires marginal y literario, protagonizado por un joven estudiante neoyorquino y un tanguista hemofílico, escurridizo y procaz.
Con motivo de la aparición de su última novela conversamos con este autor argentino, asentado hace años en la Rutgers University de los Estados Unidos.
Pregunta: Un escritor argentino escribiendo una novela sobre Buenos Aires parece algo normal, incluso demasiado frecuente. ¿Cómo optó por profundizar en esa tendencia tan común en los escritores de su país?
Respuesta: Para empezar conviene aclarar que soy argentino, pero no de Buenos Aires, sino de Tucumán. Eso creo es importante. Luego le diré que esta novela nació de un sueño. Me habían llamado para ir a Londres, donde se iba a editar una colección sobre ciudades. Cada escritor debía escribir acerca de una ciudad por él conocida. A mí me tocaba Buenos Aires. La noche anterior a mi reunión con los editores londinenses soñé que una amiga me hablaba de un gran cantor de tangos, que yo no lograba identificar y encontrar. Además, desde hacía algún tiempo mi obsesión central era la ciudad de Buenos Aires como eje de una novela. Así, El cantor de tango fue fruto de un sueño, de un deseo antiguo y de una posibilidad editorial. Ha salido ahora en español, y el año próximo será publicada en inglés.
P: ¿Esta novela es en consecuencia un particular homenaje a Buenos Aires?
R: Puede leerse en tal sentido. Buenos Aires es una ciudad que encierra en sí muchas ciudades. Es tanto una ciudad de la libertad como de la opresión, de la belleza como del horror, de lo cosmopolita y de lo localista, del decaimiento y de las ganas de vivir...
P: A pesar de lo que pudiera creerse a primera vista no debe ser fácil ambientar una historia en una ciudad muy conocida por el autor, pues se pueden obviar descripciones necesarias por un lado, y por otro dejar que la propia ciudad pese demasiado como posible sombra protagonista...
R: Sí, todo eso es peligroso para la narración. He querido salvar esos peligros mediante la creación de un personaje que mira la ciudad como extranjero, ese Bruno Cadogan que busca al cantor de tangos Julio Martel por las calles de Buenos Aires. Esa mirada de extranjero logra establecer un distanciamiento respecto a la ciudad, que permite mostrar cosas que pasarían inadvertidas para un habitante de Buenos Aires. No me resulta fácil dibujar una ciudad familiar, aunque tiendo a combinar el necesario distanciamiento de ella con el reflejo de lugares que para mí tienen un sentido especial.
P: Si la ambientación es real, los personajes también lo son en alguna medida...
R: No. Todos los personajes son ficticios. Martel, el cantor, es un perfil inventado, enclenque y enfermo, el bibliotecario Sesostris, que parodia el mundo de Borges, Alcira, la mujer de extraña belleza que difunde el relato de la existencia de Julio Martel... Todos han salido íntegramente de mi imaginación.
P: ¿Y el lenguaje? Hablar de una ciudad real y mostrar las andanzas de personajes imaginarios requerirán un lenguaje talvez dual, o al menos muy diferenciado dentro de la narración...
R: Como autor, uno es uno mismo, independientemente de sus obras. Y de los lenguajes que tenga que utilizar en cada una de ellas. En El cantor de tango el texto es un continuo, las voces se encabalgan unas dentro de otras. Pero intentando siempre que el lector no se desoriente. A veces delante de un lugar emblemático la acción se detiene e introduce elementos de la historia de ese lugar.
P: ¿En qué se apartaría El cantor de tango del resto de sus trabajos novelísticos?
R: Pienso que cada relato narrativo pide un tono propio, singular. Me esfuerzo en que cada uno de mis libros se diferencie con naturalidad de los anteriores. En el caso que nos ocupa, la urbe es el personaje mayor, el que contiene a los demás personajes. Resuelvo de esta manera un problema de arquitectura narrativa, si bien la voz es única.
P: ¿Qué hay de autobiográfico en esta novela?
R: Toda escritura es una forma de autobiografía, toda escritura, por distante que en principio parezca. Lo que importa es lo que en definitiva se hace con el lenguaje literario. La cercanía de las cosas también es importante. Recuerdo una frase de Tolstoi que decía algo así como “Describe tu aldea y describirás el mundo”.
P: Dentro de El cantor de tangos se percibe un deseo de esperanza, de sobreponerse a la tristeza y a los sinsabores. ¿Esa inclinación vitalista ha sido premeditada o más bien inconsciente?
R: Pues no sabría precisarlo con exactitud. ¿Un autor escribe para su propia felicidad o para la de sus posibles lectores? ¿O para ambas cosas? El cantor de tangos es una novela esperanzada, eso sí es evidente. Hay una voluntad redentora en ella, y su protagonista, Julio Martel, desde su resistencia y su fragilidad canta a los seres cuyas muertes criminales quedaron impunes. Quizá el mensaje básico sea el de que ciertas ciudades, aun en el estado de mayor destrucción, pueden reconstruirse física y moralmente. Eso explicaría que la acogida de esta novela haya sido tan positiva en Buenos Aires. Aunque... los libros y sus destinos nunca dejan de ser un misterio.