La jubilada Azucena Cevallos, de 70 años, dormía, mientras que su compañera Isabel Verduga, de 57, leía las noticias en el diario.
El ambiente afuera de la Caja del Seguro de Guayaquil, donde los pensionistas cumplían con su primer día de huelga de hambre y un mes de haberse tomado las instalaciones, era ayer de aparente calma. Pero, de pronto, cambió.
A las 08h35, a Eda Castro, de 60 años, se le subió el azúcar. Sus ojos se enrojecieron y empezó a toser. Los médicos no estaban, pero la calma llegó a ella.
Eran casi las 09h00.
Eda, junto con 29 jubilados más, descansaba bajo dos carpas instaladas en las veredas. Un dispensador de agua, colocado en la puerta de entrada principal del edificio, los abastecía del líquido vital.
Los rayos solares empezaron a filtrarse por los costados de las carpas. Ya nadie dormía y Eda, nuevamente, se sintió mal. Pero esta vez debió ser trasladada en una ambulancia del Cuerpo de Bomberos al hospital Teodoro Maldonado del Seguro Social.
Eda fue la primera, de una lista de siete jubilados más, que debieron ser internados en casas asistenciales.
Los cuadros clínicos fueron comunes entre los pensionistas: un aumento desenfrenado de adrenalina por la sensación de frustración ante sus necesidades no cumplidas, explicó el jefe de Servicios del hospital Militar, Fernando Aguirre.
El médico resaltó que esto hace que el cuerpo de los ancianos reaccione con hipertensión, ansiedad y una crisis histérica colectiva, por lo que, advierte, si los enfermos regresan a la huelga puede repetirse y corren un riesgo inminente de morirse.
En la lista de los afectados también estaba Bolívar Sáenz, de 76 años. Se jubiló como sepulturero y guardia del cementerio María Canals. Por ello, no le teme a la muerte, pese a que es un cardiaco crónico. Su hija, Susana, quien lo acompañaba. Minutos después, Bolívar sufrió una crisis y debió ser internado en el Hospital Militar.
En el interior de la Caja hay una brigada médica de esta casa asistencial: 4 médicos, 4 residentes y 2 enfermeras.
Los jubilados lamentaban también ayer la muerte de dos compañeros más que estuvieron en la lucha para reclamar el aumento de sus pensiones jubilares: Segundo Tomalá Onofre, en Guayaquil, y Alberto González Tomalá, en La Libertad.
El pensionista era oriundo de Muey y falleció en horas de la mañana en su domicilio, víctima de un infarto al corazón.