El Salón Mariano Aguilera se exhibe en Quito, en el Centro Cultural Metropolitano, hasta el próximo domingo 11 de julio.
Coincidencialmente el Salón Mariano Aguilera, una de las vitrinas más antiguas y de mayor prestigio de arte en Ecuador, se abrió en 1917, el mismo año en que el pintor francés Marcel Duchamp, entonces cubista, exhibió en Nueva York su famosa Fuente, que consistía en un urinario dado la vuelta.
El solo hecho de exponer el urinario en una galería de arte y de ponerle al lado un papel donde constaba el nombre del artista y el título de la obra elevaron este objeto banal a la categoría de “obra de arte”. Algunas malas lenguas aseguran que Duchamp, “ante su incapacidad como pintor, decidió cambiar las reglas de juego”, pero sea lo que fuera, lo cierto es que este acto subversivo abrió la ventana del “todo vale” en el arte.
Desde entonces han pasado a la celebridad ready-mades (cosas ya fabricadas y puestas en un contexto artístico) como las cajas de detergente y las pinturas de latas de sopa Campbell’s, con las que Andy Warhol volvió a desafiar la idea de arte en la década de 1960 y de ahí, una historia larga que últimamente se ha vuelto la norma y no su trasgresión en las galerías y los salones de arte del mundo, y que hace un par de años también se ha vuelto la constante en las bienales y los salones en Ecuador.
En este caso el detonante de la polémica son las obras que se presentan en el Salón Mariano Aguilera –auspiciado por el Municipio de Quito y cuyo tema este año fue “Reciclaje y ready-made: la fascinación de la cotidianidad”– y, sobre todo, la obra del guayaquileño Juan Pablo Toral, Regeneración Urbana, que obtuvo el primer premio. Esta consiste, básicamente, en cuatro cartones colgados cada uno de ellos con un nombre que corresponde a su propietario para quien estos cartones son su cama, su casa. Sobre ellos, con una sustancia grasosa que da cuenta de que sobre estos cartones hay vida, aparece esbozado el Malecón. A un lado están las viejas fotos en blanco y negro de estos ciudadanos anónimos y sus nombres –tipografiados defectuosamente– aparecen acompañados por una breve biografía.
Aparte de si esto es o no es arte y de si el autor de la obra merecía el premio único de 10.000 dólares, lo que ha quedado consignado en el libro de visitas del Centro Cultural Metropolitano, donde el Salón estará exhibido hasta el 11 de julio próximo, es que el público necesita una explicación.
“A pesar de que las obras exhibidas parecen ser muy buenas, no todos podemos interpretarlas. Una ficha que describa la intención del autor sería de mucha ayuda para la mayoría de los visitantes”, escribió Vicente Vallejo, de Guayaquil. Otra persona, que no quiso poner su nombre, señaló: “Es necesario poner afiches explicativos en cada motivo”. Y así podría seguir transcribiendo o citando lo que dicen los visitantes o los mismos artistas que consideran que las obras expuestas, sin su “marco conceptual”, equivalen a una mesa con tres patas.
¿Qué es lo que está en discusión? ¿Es válido que una obra de arte necesite ser explicada? ¿Es el arte solo idea o también creación? ¿Qué necesita el arte para ser arte? Para responder a estas preguntas hablamos con Mónica Vorbeck de la Torre, curadora del Salón; Rodolfo Kronfle, jurado; Nicolás Svistoonoff, artista y profesor de pintura, y Diego Cifuentes, artista que participa en el Salón.
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