Miro hacia un lado: por lo que acabo de oír en la radio, son aproximadamente cinco mil los camiones parados en la frontera entre Francia y España, debido a una violenta e inesperada tormenta de nieve. Tuve suerte de recibir la llamada de una amiga, que el día anterior había hecho este mismo recorrido. Me aconsejaba que evitara a toda costa el que en circunstancias normales es el camino más corto para cruzar la cordillera de los Pirineos. Ahora estoy en una pequeña carretera comarcal que avanza lentamente, pero que avanza.
Me dispongo a hacer algo que no me gusta mucho: dar una conferencia. Tenía todas las disculpas posibles para no cumplir este compromiso, y los organizadores lo entenderían perfectamente: el tráfico es un caos, hay hielo en el asfalto, tanto el gobierno español como el francés aconsejan que en esta región nadie salga de casa este fin de semana, pues los riesgos de accidente son grandes. El periódico de la mañana comentaba que hay más de diecisiete mil personas bloqueadas en otro tramo, la defensa civil está movilizada para socorrerlos con alimento y abrigos improvisados, ya que muchos coches se han quedado sin combustible y no se puede mantener la calefacción encendida.
Me había levantado pensando que sería mejor cancelar mi visita, pero algo en mi interior me empujaba hacia delante, hacia el asfalto resbaladizo y las horas de paciencia en los atascos. ¿Qué era lo que me empujaba? Tal vez el nombre de la ciudad: Vitoria, capital del País Vasco. Tal vez la idea de que paso demasiado tiempo en mi viejo molino, y estoy acostumbrándome a la soledad. Tal vez el entusiasmo de la gente, que en este momento está intentando recuperar una catedral construida hace muchos siglos, y que para dar a conocer al mundo el esfuerzo que están haciendo, han invitado a algunos escritores para que den conferencias allí. O tal vez aquello que decían los antiguos navegantes: “navegar es necesario, vivir no es necesario”.
Y navego. Después de mucho tiempo y mucha tensión, llego a Vitoria, donde las personas que me esperan están más tensas todavía. Comentan que hace más de treinta años que no había una nevada como esta. Agradecen el esfuerzo, pero a partir de ahora hay que cumplir el programa oficial, y eso incluye una visita a la catedral de Santa María.
Una joven, con un brillo especial en los ojos, comienza a contarme la historia. Al principio era la muralla. Luego, la muralla continuó allí, pero se aprovechó una de las paredes para la construcción de una capilla. Pasaron decenas de años, la capilla se transformó en una iglesia. Un siglo más tarde, la iglesia se convirtió en una catedral gótica. La catedral conoció sus momentos de gloria, pero empezó a tener problemas de estructura y fue abandonada por un tiempo. Pasó por reformas que deformaron su estructura, pero cada generación pensaba que había resuelto el problema. Y así, en los siglos que siguieron, levantaban una pared aquí, demolían una viga allá, aumentaban los refuerzos de un lado, abrían y cerraban vidrieras. Y la catedral lo aguantaba todo.
Camino por el esqueleto de la catedral que están reformando: esta vez los arquitectos aseguran que encontrarán la mejor solución. Hay andamios y refuerzos de metal por todas partes, grandes teorías sobre los pasos futuros, y algunas críticas a lo que se hizo en el pasado.
Y de repente, en medio de la nave central, me doy cuenta de algo muy importante: la catedral soy yo, y cada uno de nosotros. Vamos creciendo, cambiando de forma, nos damos cuenta de puntos débiles que hay que corregir, no siempre escogemos la mejor solución, pero pese a todo, seguimos de frente, intentando mantenernos erguidos, correctos, para así honrar no las paredes, ni las puertas ni las ventanas, sino el espacio vacío que hay allí dentro, el espacio donde adoramos y veneramos aquello que nos es caro e importante.
¿Vale la pena criticar los errores del pasado? Pienso que es injusto, ya que a fin de cuentas siempre procuramos hacerlo lo mejor posible. ¿Podemos tener la certeza de que la solución presente es la mejor? Creo que es arriesgado, quizá más adelante lleguemos a la conclusión de que había una elección más sabia. Lo importante es no olvidar nunca que estamos allí, que tenemos que luchar para mantenernos de pie, que hay que respetar la razón por la que fuimos creados.
Contemplo la catedral de Santa María, me preparo para la conferencia, y entiendo por qué me enfrenté con la nieve, los atascos, el hielo en la carretera: para recordar que todos los días tengo que reconstruirme a mí mismo.