¿Cuál fue el personaje más expuesto y recurrente del horario matinal de noticias durante los últimos quince días? Héctor Solórzano Constantine, abogado defensor de Abdalá Bucaram. Visitó casi todos los canales y fue objeto de largas entrevistas (algunas, en verdad, muy largas) en las que tuvo la oportunidad de exponer, de principio a fin, su argumentación jurídica a favor del derecho del ex presidente a regresar al país.
Si el tiempo le faltaba, pedía más. En TC, Rodolfo Baquerizo atendió el requerimiento moviendo los brazos con ese gesto característico que utilizamos para decir ‘siga nomás, como usted quiera’, y se acomodó en su sillón. Si hacemos un balance de todas sus apariciones de la quincena, es justo admitir que el abogado de Bucaram dijo todo lo que quiso.
Logró, por ejemplo, centrar el debate en el terreno de lo estrictamente jurídico, que demasiado espinoso resulta para los periodistas, incluso para aquellos pocos que estudiaron derecho. En casi todos los momentos, fue él quien impuso los términos en que debía desarrollarse cada entrevista.
Obviamente, él, como jurista, contaba con la ventaja de la autoridad sobre sus interlocutores. Y cada vez que se le interrogaba sobre las implicaciones políticas del caso, simplemente las desestimaba de forma inapelable y volvía a lo suyo. Atados de manos, incapaces de replicar, los entrevistadores lo dejaron hablar, algunos de ellos con desenfadada entrega. Así, Solórzano peregrinó de canal en canal, día tras día, diciendo las mismas cosas, a saber: el caso Bucaram no es un tema político, sino jurídico, y ya está resuelto a su favor.
Lo extraño de todo esto es que la percepción de los informativos de TV es exactamente la contraria: luego de que un juez de Esmeraldas dictara amparo constitucional a favor de Bucaram, las noticias que se producen sobre el caso no vienen de los tribunales, sino de Carondelet y del Congreso. Estoy seguro que, si se le pregunta a cualquier director de noticias de la televisión sobre el meollo del caso Bucaram, describirá enseguida una trama política.
Si la agenda noticiosa va por ahí, ¿por qué, entonces, de la noche a la mañana, resultan relevantes (hasta el extremo de la sobreexposición) unos argumentos jurídicos que, además, no tenían nada de nuevo, pues eran los mismos que la defensa ya había expuesto hace meses? ¿Dónde está la coyuntura informativa que justifica el enorme despliegue concedido por la televisión al tema?
La respuesta es simple: las apariciones televisivas de Solórzano no responden a la agenda editorial de los canales, sino a la agenda política de Bucaram. No debieran ser leídas como trabajos informativos, sino como otros tantos momentos de una campaña mediática en la que el jurista se empleó a fondo durante las últimas dos semanas y que incluyó, además de las entrevistas, varios espacios políticos contratados en el horario triple A. Una campaña en la cual la televisión se condujo de forma absolutamente funcional.
A menudo presenciamos (y siempre resulta sospechoso) que un personaje que se encuentra fuera de las agendas noticiosas de la TV aparece, de pronto, como invitado en dos o tres canales un mismo día. Cuando eso ocurre, los televidentes que no creemos en las coincidencias mágicas, tenemos el derecho de sacar nuestras propias conclusiones sobre la importancia del lobby en la conformación de las agendas noticiosas de la televisión.
El problema no es que un canal (o varios, o todos) entrevisten a Héctor Solórzano Constantine, pues el abogado de Bucaram tiene el mismo derecho que cualquiera a decir sus verdades en televisión y la televisión está en libertad de entrevistar a quien le plazca. El problema está en determinar quién decide que esa entrevista tiene que hacerse, en qué momento y por qué. Y algo más: a quién le sirve. ¿Al público?
Supongo que el lobby, que en español recibe el mucho más elocuente nombre de cabildeo, no tiene nada de malo mientras no comprometa las políticas editoriales de un medio de comunicación. Lo contrario es colocar al espectador en terreno movedizo, al ocultarle información que resulta esencial para interpretar los mensajes transmitidos en relación con ese lobby. En este caso, por ejemplo, un televidente desprevenido que presencie una entrevista con Solórzano en cualquier canal, puede fácilmente inducirse a engaño y pensar que se trata de una aproximación periodística al caso Bucaram, cuando en realidad está viendo propaganda política en espacios cedidos gentilmente por la televisión.
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